Primero una aclaración: hay gatos y hay gatos; la flor que se entierra hoy lo confirma. Rayito fue todo lo que puede ser una vida. Murió siendo aún un enjambre de alegrías y vitalidad; murió como debe morir todo aquel que se considere gato con el rigor etimológico que confiere el tener bigotes y ansias por descubrir cuántas presas pueden cazar unas garras. El número de Rayito fue mínimo, casi irrisorio; pero fue todo lo que hizo y en lo prematuro de su muerte se eleva la grandeza de sus éxitos. Basta una mano para enumerarlos como bastó una mano para cargarlo hasta su tumba. Así de enorme era su cariño. Se fue porque este lugar no lo merecía y porque lo bello tiene que perecer pronto para no revelar la sordidez detrás de sus encantos. Murió libre, e incluso se podría decir que murió precisamente a manos de su libertad: cazando como si fuera el pasto una selva y una presa la llanta trasera de una camioneta. Su partida me conmueve de la misma manera que conmueve la muerte del...