La distancia del pájaro es inherente a su naturaleza por una diferencia entre su especie y la nuestra. La mera fisionomía dicta que ellos vuelan mientras nosotros andamos; la casualidad a veces permite el contacto terrestre: con un cadáver atropellado o mordisqueado por un gato; o con un herido con menos suerte que vive a costo de no volar. En estos casos la piedad se despierta de vez en vez y un bípedo lo recoge en una toalla y lo cura para verlo partir o para encerrarlo. Lo primero es una fatalidad dolorosa, lo segundo una soledad egocéntrica. Entonces quedan dos formas de contacto: la sombra lejana de su vuelo, demasiado fría para ser fértil; y la tierra que necesita de uñas para tragarse las memorias, ¿dónde dejaste mis uñas, Isabel? Siendo rigurosos no hay uñas, sino una malformación incomoda del hueso que no deja de crecer y en el que se pueden hacer figuritas decorativas con esmalte, laminitas o sangre (también la violencia tiene florituras); pero, de haberlas, se quedaron en ...