Tengo que empezar a teclear antes de que se me agote la poca sensibilidad con la que me ha dejado Caicedo. No porque “que viva la música” sea sumamente oscura, pesada y desastrosa (aunque lo es) sino porque la lectura de esta novela ha sido una convulsión de esas que solo se pueden comparar a los orgasmos frenéticos que dejan el cuerpo hecho un despojo y la mente colgada en un tendedero lejos del lugar. No podría describir mejor la sensación que ocasionó en mí esta lectura. Antes de acercarme al libro había escuchado ciertas opiniones, leído algunos cuentos del autor y, por supuesto, me había llenado de sesgos que Caicedo se encargó de derribar nada más empezar su novela. En las clases de la universidad dedicadas a la historia de Colombia mencionaban siempre este libro como una de las evidencias de la influencia del rock anglo en la juventud de la década del 70, como si Andrés Caicedo hubiera querido demostrar que ese era su tiempo y que no había otra manera de vivirlo. Entonces yo p...