Se ha suicidado. En el funeral solo estuve yo, no hubo rezos, por supuesto; tampoco lágrimas. Su muerte, aunque anunciada, como toda muerte, fue una injusticia. No me recupero del dolor. Mi única opción ahora es el peregrinaje por los muelles y las torrentes. Cierro la tapa del ataúd mientras miro su portada a través del cristal. Entierro yo mismo su cuerpo entre los otros lomos, resaltan los restos de su asfixia. Ya no existe en este mundo, ha muerto Tokio blues. Este libro es la otra cara del amor, la esperanza y la fe. Murakami, a pesar de que lo recordaba más libre y profundo en su lenguaje y escritura, ha logrado atraparme en su erotismo y su dolor. Recuerdo que cuando empecé a leer pensé que se trataría de una historia de amores adolescentes y ya. Lo fue, al menos mientras duró el libro y las muertes se fueron sucediendo unas a otras; después se terminó, como en casi todas las novelas, de la peor manera. El sinsabor de las últimas líneas me obligó a despreciar su paso por mis o...