Primero una aclaración: hay gatos y hay gatos; la flor que se entierra hoy lo confirma.
Rayito fue todo lo que puede ser una vida. Murió siendo aún un enjambre de alegrías y vitalidad; murió como debe morir todo aquel que se considere gato con el rigor etimológico que confiere el tener bigotes y ansias por descubrir cuántas presas pueden cazar unas garras.
El número de Rayito fue mínimo, casi irrisorio; pero fue todo lo que hizo y en lo prematuro de su muerte se eleva la grandeza de sus éxitos. Basta una mano para enumerarlos como bastó una mano para cargarlo hasta su tumba. Así de enorme era su cariño.
Se fue porque este lugar no lo merecía y porque lo bello tiene que perecer pronto para no revelar la sordidez detrás de sus encantos.
Murió libre, e incluso se podría decir que murió precisamente a manos de su libertad: cazando como si fuera el pasto una selva y una presa la llanta trasera de una camioneta.
Su partida me conmueve de la misma manera que conmueve la muerte del revolucionario que con su féretro cambia el curso de la historia: con el llanto de una gran pérdida y la alegría esperanzada del símbolo hecho vida.
Puedo decir que animales clmo él, que vidas como la suya, son ejemplo de la plenitud. Recuerdo su rabo corriendo entre los muebles, su hocico en la cocina, sus colmillos con la sombra de algún pájaro y su ojo a punto de estallar tras el final del que se hizo víctima. Y ese, como dijo aquel sarcófago también prematuro, es el único cuestionamiento que merece ser atendido.
No sé yo si pueda decirse de su actuar que fue una consciencia-hacia-la-muerte; pero, lo que sí puedo escribir sin exponerme al espejismo es que su salto fue una pulsión de excesiva vida.
En sus últimos instantes, lo sé, pensó en la victoria de confíar plenamente en sus instintos y ahora, en el prado en que se encuentra enterrado, aun salta hacia ese juego de vivir por el goce de la vida.
Por eso, entonces, escribo esta elegía: por el doble propósito de honrar una vida y, al mismo tiempo, llorar la imposibilidad de honrarla verdaderamente.
En otras condiciones Rayito hubiese sido monarca del sol y en su larga vida habría luchado tragedias y sobrevivido amores; pero fue solo Rayito y por eso ni el sol puede mostrarse digno ante su luto.
Yo me pregunto en mi anhelo si mi respirar llegará a su altura, si algún día ese ronroneo lejano dejará de sonarme en las yemas, si los gritos y las iras se habrán derramado con el llanto y esa última caricia que le dí a su cuerpo ensangrentado.
Probablemente no, probablemente ni gato, ni gato, solo humano. Recordando su libertad, respirando su memoria, sin saltar hacia la vida ni ningún éxito porque ya se prolongó demasiado el tiempo como para celebrar unas sonrisas.
Me queda, sin embargo, el calor de sus pocos pasos andados y la fe de que la tierra que caminó será huella de una alegría hecha alegría precisamente por haber terminado (como todo) antes de tiempo.
Rayito protegerá estas tierras y la memoria de su amor.
Acá yace su tumba: unica evidencia de su vida.
El sol nunca dejará de iluminar nunca las lágrimas que arropan a su olvido.
Comentarios
Publicar un comentario