Se ha suicidado. En el funeral solo estuve yo, no hubo rezos, por supuesto; tampoco lágrimas. Su muerte, aunque anunciada, como toda muerte, fue una injusticia. No me recupero del dolor. Mi única opción ahora es el peregrinaje por los muelles y las torrentes. Cierro la tapa del ataúd mientras miro su portada a través del cristal. Entierro yo mismo su cuerpo entre los otros lomos, resaltan los restos de su asfixia. Ya no existe en este mundo, ha muerto Tokio blues.
Este libro es la otra cara del amor, la esperanza y la
fe. Murakami, a pesar de que lo recordaba más libre y profundo en su lenguaje y
escritura, ha logrado atraparme en su erotismo y su dolor. Recuerdo que cuando
empecé a leer pensé que se trataría de una historia de amores adolescentes y
ya. Lo fue, al menos mientras duró el libro y las muertes se fueron sucediendo
unas a otras; después se terminó, como en casi todas las novelas, de la peor
manera. El sinsabor de las últimas líneas me obligó a despreciar su paso por
mis ojos. Supuse, en el error de la ira, que su cierre era la premonición de lo
inevitable, que el constante roce con la muerte lleva finalmente a abrazar el
final que nos corresponde; luego volví a las primeras páginas y supe que no era
así.
Para hacerlo corto Tokio blues es una descripción del
amor imposible, pero no una oda a la imposibilidad romántica de las circunstancias
(ya con Shakespeare fue suficiente), sino una narración de una mente que toma
decisiones y cimienta su propia imposibilidad. La maravilla de este libro no es
la originalidad de sus personajes, ni la facilidad de sus renglones para decir verdades
o suscitar emociones; la verdadera grandeza de este libro es que el único obstáculo
que tiene que superar el héroe es él mismo y no lo supera. La estructura del héroe
queda totalmente dilapidada cuando el viaje interno no es un obstáculo a
superar, sino una constante que no llega a ningún lado; es decir: cuando no hay
héroe, sino un ser humano narrado.
Cada suceso que ocurre desde el inicio lleva a un
nuevo suceso que va a llenar de imposibilidad la esperanza que se tiene del
amor. Como el inicio de Kundera, entre más repetitivo es un suceso, más se
realza este en la historia hasta que en lugar de ser un suceso insignificante
llega a ser una atrocidad inesquivable. Incluso después de releer el inicio, el
miedo del personaje es inagotable y todo lo que puede ocurrir en el futuro será
la repetición de su pasado hasta que el ciclo lo atrape a él también.
El desengaño del amor es entonces, para Murakami, el
desengaño de uno mismo. Sin poder habitar el mundo interno no habrá lugar para
el amor, ni siquiera para el goce sexual, ni siquiera para su posibilidad. Es
un libro demasiado real para mi gusto.
Eso es todo. El sarcófago yace bajo la tierra. Mis ojos
yagados de tanto caminar contemplan el bosque, un bosque…no sé en dónde estoy.
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