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Lámina Once - El Cuarteto de Nos

.
 Frankenstein o Rorschach
Hermes o Pandora.
 
Todos somos
Frankenstein, Rorschach,
Hermes, Pandora.
 
La lámina once es otra falsa mancha
Otro grito de piedad y dolor antes de explotar
Otra forma de acompañar el atuendo
Con un toque de eterna soledad.
 
Porque el show debe…
Esa condición animal,
El amor,
Aniquilado por la gula
Cubierto por los ropajes más extraños
Armaduras para no afrontar el miedo
De no ser igual.

 

Recuerdo la primera vez que escuché El Cuarteto de Nos, corría algún año de mi juventud y no sabía qué hacer conmigo. La identificación fue inmediata y con el pasar del tiempo se convirtió en una constante. Dediqué en algún momento, con la cobardía del anonimato, esa frase eterna que se disculpó con todos mis ejemplos mientras les escupía que no quería ser como ellos. Y, así, provocando incendios para querer ser bombero, me fui hipnotizando con las letras de la banda. La lista es interminable, pero hoy me invoca otro motivo a este teclado: la Lámina Once.

Siempre he creído que Roberto y la banda construyen su música a través de una idea tan sencilla como jugosa y así, con las manos untadas de alguna paradoja natural de este mundo (objeción, por cierto, al principio de no contradicción) graban sus discos. Por supuesto, en alguna parte del proceso esos restos de idea efervescente se riegan en el producto final en forma de clímax de cada canción; y quedan como pista o guía de ese sinsentido de la realidad que El Cuarteto traduce en música. Esta vez, me parece a mí (quizá por algún sesgo de confirmación) las pistas nos fueron dadas en forma de herramientas.

Debo admitir que las primeras dos canciones del álbum que salieron como sencillos fueron difíciles de digerir en lo que al goce se refiere. La ciudad sin alma, sobre todo, fue un sinsabor que no supe procesar hasta que el disco estuvo completo. Sin embargo, la fiesta del doctor Hermes prometía una revelación (sobre todo en términos de producción) con ese final electrónico que más allá de ser una alusión a la fiesta me recordaba (sin tener ninguna memoria específica de esto) el sonido de una distopía. La revelación fue un espectáculo.

Nuevo video recomendado de: “El cuarteto de nos”. Anuncio en YouTube. El tiempo libre y la casualidad quisieron que lo viera de inmediato. Tap y a la pantalla de carga. Nunca vi, antes de empezar a reproducir el video, la duración total; entonces me senté a escuchar las noticias y el humor. Disfrutando la calma de la risa y la admiración llegaron las noticias de última hora, una filtración del video que revolucionaría a la industria, un corte y Maldito Show. Quedé anonadado. Repetí el video tantas veces que se borró de YouTube, pero la magia había sido hecha.

Me dio la impresión de que había palabras que habían sido dichas, pero aun no había las herramientas para escucharlas, había que hacer una lectura más profunda, adentrarse en lo más oscuro de las personas, es decir: en las personas mismas. Uno a uno fueron a revelarse, a poner esa última pieza del mosaico que no va a encajar. Cuatro días de sesiones terapéuticas y más pistas, luego: el quiebre.

Cuando escuché Rorschach pensé más en el doliente del comediante que en el psicólogo que creó el test. Quizá se deba al quiebre interno que se encuentra en el personaje del comic y que ignoro si se habrá encontrado en el científico que creó la metodología para entender esos dolores. Pensé en la soledad que implica ver el mundo, entender sus daños y no poder cambiarlo; pensé que todos somos Rorschach. Luego morí, tal como muere el personaje en la película, pidiendo a gritos, sin máscara, un asesinato, por piedad.

Morí el día que Lámina once llegó a mis oídos, morí cuando escuché los versos de mi mente en la voz de Frankenstein, morí cuando me colgué de ese cinturón gris años atrás antes de que mi dolor tuviera ningún tatuaje en la lengua, morí porque entendí que El Cuarteto no es mi banda favorita, sino mi radiografía, la lectura en frío de esta sociedad.

Jueves, Raro, Porfiado, Habla tu espejo, Bipolar, Contramambo, incluso Otra navidad en las trincheras son sátiras y críticas y vivencias que han logrado alcanzar la voz de la verdad en las manos del Cuarteto a través de narrativas, personajes y divertimentos que les permitían hablar desde la libertad, es decir: para comunicar. Lámina Once es eso mismo, una narrativa, puesta esta vez ante el público con todos sus dientes, para que el sablazo abra las heridas que tiene que abrir.

Hace poco tenía una conversación acerca de cuál sería mi tema favorito del Cuarteto. Respondí a medias que me gustaba el concepto de Jueves y que dentro de ese concepto Anónimo se llevaba el primer lugar. Al siguiente día de esa conversación estaba en un Transmilenio al borde del llanto mientras escuchaba Frankenstein Posmo. Esa podría ser en realidad mi respuesta; por el simple hecho de que esa voz, esa mente desquebrajada, esa soledad no son ninguna figura romántica, sino todas las personas; por el simple hecho de que esa voz es la voz de Rorschach.

Del mismo modo El Cinturón Gris y El Chivo Expiatorio, los asistentes a la fiesta y los cocineros, los espectadores del show y el que se ríe mientras come Flan. Todos son Rorschach. Todos son los habitantes de esa Ciudad sin Alma. Todos somos esa lámina once.

Pero ¿qué significa la lámina once? Supongo que aquí entro en el juego que tanto disfruta El Cuarteto cuando entrega su obra al público y es la especulación. Podría decir que la Lámina Once es la parte que faltaba para completar el test de Rorschach. Puesto que en el test original son diez esta sería la añadidura, la cola que le faltaba al dibujo del caballo. Pero nunca pensé en el psicólogo cuando escuché el álbum, sino en el personaje. Entonces, la Lámina Once para mí es la paradoja dolorosa de saber que en lo siguiente podrá haber algún sentido, aunque se esté seguro de que solo aparecerá otra mancha. Lámina Once es ese instante en el que el día empieza, como todos los días, con la certeza de ser exactamente el anterior, pero con la fe de que hoy llegará la revelación, el amor, la felicidad, o lo que sea que se nos haya enseñado a esperar. Creo (y uso esta palabra por no victimizarme cuando en realidad lo sé) que todo test psicológico es una tortura-evidencia de incomprensión. La Lámina Once es el resultado fatal de mostrar diez manchas a alguien que simplemente no puede habitar este Maldito Show y pedirle que, por favor, si no es mucha molestia, diga cualquier cosa y deje a la fila avanzar.

Yo, lo siento, no puedo dejar avanzar la fila y sé que llegarán las pedradas por la espalda, que me arrastraran al basurero y que la vida seguirá sin mí; pero, si acaso un consuelo queda, es este disco, esta banda, este suspiro afable que evidencia el poco calor que habita la soledad de esta tundra.

Mientras llega ese destino ineluctable seguiré disfrutando esa constante insatisfacción que es El Cuarteto, iré, anónimo, a verlos en uno de mis últimos intentos por no pedir esa clemencia de la muerte; y, viviré, insaciable, hasta que esa piedad llegue por mano propia y me mate la gula lavando los platos.

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