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SOBRE HADAS Y BRUJAS


La primera vez que escuché de Carolina Sanín fue en mis tiempos de universidad, por un alboroto que se había armado entre la profesora y los encargados de turno para alborotar a la moral: 'Chompos'. Un grupo de memes controversiales en Facebook. En este grupo fue donde vi su cara, por primera vez también, photoshopeada con un ojo morado y una frase que decía algo así como: “cuando el patriarcado te pone en tu lugar”, lo que fue, por supuesto, el causante del alboroto que más allá de cualquier cosa, fue un ridículo que hubiera preferido no haber presenciado, por motivos que no me conciernen en este momento.

No volví a saber de la profesora por bastante tiempo hasta que hace unos días cuando vi un hilo que respondía Irene Vallejo y en el que Sanín, muy dulcemente como siempre, la corregía. Por supuesto, escuché su nombre en alguna clase de literatura, o en alguna promoción de un libro que estrenaba; pero no había tenido la oportunidad de verla nuevamente en acción: cizañera e incendiaria. Ver ese hilo fue ver el resurgir de un personaje, del que no pude ignorar más sus acciones por lo alevoso de su carácter. Mejor dicho: por pura curiosidad de saber qué puede ocurrir. Razón que es análoga, salvo que en el polo opuesto, de la atención que he prestado a su existencia como escritora, o como persona (si queremos ponernos igual de corrosivos).

Ahora, como Sanín en su “crítica”/monólogo al Infinito en un junco, comenzaré por un tema completamente distinto al que quiero tratar. Sin embargo, no lo hago por los mismos motivos que intuyo en Carolina. En su caso, toda la palabrería sobre el egoísmo parece querer mostrar imparcialidad, pero demuestra, más bien, las ácidas intenciones de sus palabras, como quien dice: “yo respeto a los homosexuales, pero…”. Mi intención, por otra parte, es confesionaria.

No tengo idea de lo que ocurrió en la FilBo, ni en el Chocó, ni en la Grecia de Aristóteles, ni en la Roma de Alejandro Magno. Como dije, no sabía de Sanín hasta hace un tiempo y de Irene Vallejo sé lo que está escrito en su libro y poca cosa más. Me encuentro, frente a esta situación, como los filósofos anteriores a Kant, que veían el mundo desde la lejanía de la metafísica y no se involucraban en la experiencia. Es decir, que mi disposición argumentativa frente al tema está situada, quizá, por ahí en el siglo XVI. En eso, Carolina, estamos iguales.

Explico este empate para comenzar de una vez:

Hay algo que a mí me parece preocupante de la academia y es su pretensión de verdad absoluta, escudada en libros de grandes títulos, escritos por grandes nombres. Como dice Michael Benítez (con referencia a su área, claro): “Me leo un libro de poesía de un docente universitario y es como leerme doscientos al tiempo porque todos son iguales”. La aclaración sobra; equivale a más, porque son iguales incluso entre disciplinas. La academia lee (como Sanín el libro de Vallejo) unos capítulos, luego busca en su índice de yonoséquécosas y saca un ramo de citas bibliográficas para decir lo que ya se había dicho, tal y como se había dicho. Para que quede claro, claro. Ósea: para no decir nada. Entonces, digamos, en ese terreno epistemológico en el que ninguno de los dos tiene certezas de lo que está hablando (y ni siquiera certeza de las palabras que utilizamos para hablar de esas cosas), nuestras conjeturas están paradas en el mismo terreno.

Lo que no está, definitivamente, en el mismo lugar, es nuestra concepción de la literatura y, al parecer, de la vida en general. La segunda me importa un carajo, pero por la primera no puedo sostenerme los dedos.

Sanín tiene varios problemas con Vallejo que, siento yo, se resumen en dos contraposiciones de las que cada una de las escritoras es representante. Como bien dice (raro) Sanín, ella representa a la Bruja de la historia e Irene al hada madrina. Por el otro lado, la escritora española representa la creencia de que la literatura salva vidas y la colombiana cree que es una suerte de fuerza destructiva o algo por el estilo (nunca lo específica). Por supuesto, esto no es un cuento de los hermanos Grimm, así que resumiré estos dos “argumentos” de Sanín (más bien distinciones escupidas no sé muy bien por qué) en una frase que ella dice, en su vídeo, con referencia al estilo de Vallejo: “Tiene información muy digerible y otra muy digerida”.[1] Como si no fuera la labor del pájaro triturar gusanos para escupirlos en la boca de sus polluelos. Pongamos orden.

Para nadie es un secreto que la profesora Sanín parece tener un problema con la sencillez o una predilección por la complejidad; síntomas típicos, por lo demás, de la intelectual que dice: “Es una prosa muy…eh…normal y normativa, solo que especialmente meliflua y edulcorada”. Yo, un filósofo graduado de la grandísima Universidad de los Andes, estudioso empedernido y escritor, aunque fracasado, constante; hasta el día de hoy no tenía ni puta idea de lo que significa ‘edulcorado’ y a duras penas intuía (por alguna lectura que me aburrió, seguro) lo que es melifluo. Y así quiere la doctora Carolina Sanín que en el Chocó lean a Ovidio. ¡Y así se pregunta, descarada, la docente y escritora Carolina Sanín, en dónde estará el problema de los bajos índices de lectura y alfabetización del país!

Para Sanín, repito, no sé qué es lo que será la literatura; pero sí sé qué no lo es. El infinito en un Junco, definitivamente (lo dice ella) no lo es; sino que es más bien un libro divulgativo. Gracias, Faryd. Sin embargo, nada más dice esto empieza a lanzar bombas contra lo turístico y publicitario del estilo de Vallejo. Empieza a comparar el estilo de una obra divulgativa con el realismo mágico de Gabo (sí, Carolina, Gabo), como intentando demeritar la flor del jardín con el ramo del enamorado. Sobra resaltar lo imbécil y contradictorio de la comparación, pero igual lo pongo acá.

Luego, como si de un golpe final se tratara, sentencia: “No solo no hay lectura en Colombia, sino que no hay psicoanálisis”. ¡Khá! Ni Cortázar se atrevió a dar un salto argumentativo tan gratuitamente, pero tratemos de entender. Recordemos que, para Sanín, Irene representa una figura materna que por alguna razón deberíamos condenar, o al menos poner en tela de juicio. Creo que lo que está intentando decir Carolina es que no nos gusta Irene porque haya escrito un buen libro o haya hecho una aportación a la literatura, sino por una suerte de complejo de Edipo colectivo. A mí me parece más bien que, en lo personal (dirán que estoy loco) lo que me gusta de Vallejo es que no tengo que decir “creo que se refería a esto”, sino que puedo conversar del tema y expandir la cultura. Esas bobadas. Pero olvidémonos de mi percepción individual, yo, como dije, no sé nada al respecto, vengo solo a poner los hechos en evidencia.

Ligado a esta condena a lo materno está la condena a lo sentimental (a lo “lloroso y melifluo”) que acompaña Sanín con una contraposición entre el inicio de El Manifiesto Comunista y El infinito en un junco. Al primero lo encomia porque Derridá escribió un análisis sobre las implicaciones linguisticosemanticaontológicometafísicas (algo muy derridiano) de la frase del fantasma; mientras que al segundo lo crítica por situar al lector, digo, por iniciar como si fuera una película o una serie. Después da una lista de frases que terminan en una pregunta fastidiada: “¡cuántas veces oímos esto al día!” refiriéndose a las épocas “convulsas” que retrata Irene en sus capítulos. Yo, en lo personal[2], no escucho a nadie diciendo: “Bogotá es muy convulsa”; ni: “qué convulso estuvo el transmilenio”. De hecho, creo que no escuchaba esa palabra desde la universidad y, de seguro, fue en alguna clase que me dormí. Pero, aún más importante, no veo sentimentalismo, ni lloroseria, ni meliflueria en la palabra “convulso”; ni en el recorrido de hombres que construyeron, sin saber, el mundo, mientras eran confundidos con mercenarios y bárbaros.

Esta…lectura (por decir algo) de Sanín, pone su confusión en evidencia con cosas como la “crítica” que hace a la comparación entre la Biblia, y la Odisea y la Iliada presente en la obra de Vallejo. La colombiana responde a la cita de la española diciendo: “NO, no eran parecidos a la Biblia precisamente porque no tuvo libros sagrados. Entonces esa analogía tampoco funciona”. A mí me parece que la profesora, en este caso, está entremezclando el uso del comparativo en el lenguaje, con la exigencia sobre la analogía en la literatura. De nuevo, según ella misma, este libro no es literatura; ergo, esa crítica tampoco funciona. Ser lo más parecido a un perro, siendo un humano, no es descabellado ni incorrecto; muchos dueños de mascotas se alegran de ese hecho y no deja de significar tampoco que los perros y los humanos seamos sustancialmente distintos. Lo que quiere decir Vallejo, Carolina, es que lo que fue La Ilíada y La Odisea para la Antigua Grecia, lo fue la Biblia para la cultura occidental. En términos de desarrollo bastante amplios, sí; pero nunca en términos de su constitución formal en cuestión de libros, versículos, lírica, epopeya, etc.

Disculpe usted, doctora, yo sé que una intelectual que puede entender la ópera de Rossini sin que le metan el paro nacional del año pasado no necesita tales aclaraciones, pero el resto de nosotros no nos encontramos en tan alta torre de marfil. La mayoría, de hecho, duerme en cartones sobre la base que sostiene a la terraza desde la que usted observa el mundo. Aprovecho, sin embargo, también para agradecerle la explicación sobre ese cuento de Borges, ¡claro que es concreto! ¿cómo no lo había visto? ¿cómo se me ocurrió reírme del chiste de Vallejo? ¿Cómo se me ocurre a mí, un mortal, imaginarme a Borges como un ser que puede masturbarse con la metafísica que él mismo imaginó? Si Borges es impoluto, perfecto, nunca bromeó, ni fue machista. ¡Gracias por desvelarme la verdad que Irene Vallejo me ocultaba en su secta! Madure, Sanín.

Pero bueno, entremos en el juego de la académica y evaluemos unas cuantas más “razones” de “crítica” provistas por ya sabemos quién. Ya que estamos con Borges veamos lo que propone la señora esta al respecto. Según ella, con todo lo melifluo del estilo de Vallejo, y con la figura “materna” que representa, esta se presenta ante su público como un personaje cuasi erudito (esto al menos sí se lo reconoce la bruja) con el que uno puede soñar en directo. Un archivo bibliográfico humano muy a lo argentino-ciego. Esto, per se, no es malo. De hecho, me alegra que alguien así tenga el foco de atención y no, con todo respeto, un LuisitoComunica (como en ediciones pasadas de la FilBo) o, con muchísimo menos respeto, una Carolina Sanín. Sin embargo, las cosas que dice ella en este caso quizás alcancen a rozar con la sensatez.

Supongo, en un acto de buena fe, que Sanín critica frases como “rompió las alambradas de mi estoicismo” porque estás bien podrían adornar lo superfluo de importancia por mera sonoridad y llevar al engaño. El problema (uno de tantos) es que ella misma acepta el nivel de conocimientos de la escritora española y sabe que no está hablando barrabasadas en su libro, por muy best seller que sea. Este tipo de frase a mí, la verdad, me hace pensar más en frases del tipo “me despertó del sueño dogmático” dichas en obras sumamente rigurosas y para nada bestsellers, pero obras, al fin y al cabo, y más gigantes de lo que cualquiera de nosotros puede soñar con hacer. ¿Entonces cuál es la bobada de decir “los cereales de ayer son los cereales de hoy” solo por no aceptar una frase como “los cereales de ayer fueron el petróleo de hoy”? Yo estoy 100% seguro de que los cereales de hoy no son los cereales de hoy sencillamente porque existe Kelloggs’ y cerca de mi casa no hay ningún campo de trigo. Tal vez eso tenga muy poco que ver con la claridad técnica e interpretativa de la doctora. Me disculpará. En fin. Lo que quería decir es que criticar el alcance de Vallejo por sus frases es lo mismo que no leer a Hegel por la misma razón (aunque, claro, en el extremo opuesto. Hegel sí es ilegible).

Me imagino también que esto lo habrá intuido Sanín en su monólogo y por eso cierra haciendo un llamado a la desmantelación de la máscara que ha vendido Irene Vallejo con la imagen creada en el libro y cristalizada en las pantallas de Instagram para liderar una secta de ingenuos que están fetichizando al libro como una mera mercancía en el rampante sistema capitalista que ya no lee ni a Marx ni a Freud. No exagero (tanto). Al parecer, la nota (NOTA) al final del Infinito en un junco, Vallejo nos vende una imagen supremamente floriturada de su abuelo vuelto, por no sé qué mecanismo de la lloroseria, en un viejito adorable que recogía cáscaras y convierte, ahora, por no sé qué mecanismo, a la gente a una secta. Sanín dice: “¿acaso no es eso civismo?” (lo de recoger cáscaras). Yo, sinceramente, quisiera saber cuántas cáscaras ha recogido la reputada doctora Carolina Sanín para que alguien más no tropiece si, al menos en la literatura, parece que se dedica a todo lo contrario. Quisiera incluso saber más: si habrá intentado encajar una alcantarilla para evitar un accidente, si cuando pasa por una construcción revisa que los andamios estén bien puestos para que no se caiga el obrero, si, aunque sea llevó un baldecito de agua al reciente incendio en los cerros; no por juzgar su moral, sino porque es lo que dice que hacía el abuelo en el primer párrafo de la nota para la tribu del junco. Resumamos todo en una sola pregunta: ¿al menos leyó la nota completa para hacer su crítica?

Sanín es horriblemente contradictoria. Habla de civismo siendo incendiaria; dice palabras definitivas de todo lo que se le atraviesa, pero critica “el moralismo que impide el cuestionamiento”; pide claridad en frases como: “las ficciones que inventamos para dar sentido al caos y sobrevivir en él”, pero cuando habla de la escritura dice “es algo más, Derridá lo escribió en la gramatología”. Valdría pedirle el favor a Wilde de que le pregunte, para sacarla de tantas dudas: Carolina “¿y cuál es el verdadero ‘hombre culto’, sino aquel que por medio de una delicada erudición y una laboriosa eliminación ha hecho el instinto consciente e inteligente, y puede separar la obra que posee distinción de la que no la tiene, y así, por contacto y comparación, adueñarse de los secretos de estilo y escuela, escuchar sus voces, comprender sus significados y desarrollar ese espíritu de curiosidad desinteresada que es la verdadera raíz y la verdadera flor de la vida mental..?”

Carolina, quítate los guantes. Tienes razón, no nos debería importar si Irene Vallejo fue o no una marginada para leer su libro y conectar con su prosa. De hecho, para tu tranquilidad, no lo hace. Yo leí el libro hace unos tres meses (quizá más) y nunca pensé en Vallejo como mi madre, ni como un hada madrina, ni siquiera como una maestra; sino sencillamente como una mujer que escribió un muy buen libro. Tal vez la que necesita el psicoanálisis es otra. Ya sabes, la etapa oral, el subconsciente reprimido, el ego…tú que has leído a Freud seguro sabes de qué hablo.

También estás en lo cierto con lo del fetichismo de los libros, pero me pregunto por qué no hacer esta denuncia antes en contra de un influencer, una novela de Wattpad o el mismo Mario Mendoza (que ya no falta mucho para que tenga un pabellón propio). Si tan importante es que se respete el libro como un objeto misticoide y pseudosagrado ¿por qué criticar al texto que está creando el escenario ideal para que la gente no vea los libros como libros, sino como una puerta asequible a esos mundos antiguos tan lejanos para tantos? Lo de mencionar el egoísmo al principio del monólogo fue un bravissimo, así se desmantela cualquier argumento en contra de una mujer que “quisiera ser alguien a quien consideren como una (madre)”[3], pero a mí me da igual la pataleta, igual por todos lados huele a tiro en el pie.

Hay una última cosa, sin embargo, que quiero dejar dicha. Sanín se pone rotundamente en contra de las ideas del tipo: “los libros son una patria para el apátrida” porque, dice ella, esa frase es más un lema publicitario que una idea literaria. Me redundaría si explico el error de la crítica. Continúo. Y, en contraposición a la imagen de la literatura como “una bahía en medio del caos”, parece proponer que la lectura, si es algo, al menos no es paz. Según mi impresión esto se debe a la exigencia que pone Sanín en ideas como: “hay que leer a los clásicos y no a los que hablan de los clásicos”, como si para hablar de Platón hiciera falta algo más que el mito de la caverna y un par de cervezas. Incluso, va más allá y dice que quien lee El infinito en un junco puede decir Aristóteles, sin haber leído a Aristóteles. Como si hubiera que leer un montón de bodrios e improperios (académicamente “bien” formados, eso sí) para decir Carolina Sanín.

Tal vez, inestimada bruja, la literatura sí sea algo más que la promesa de la inmortalidad; pero eso no le ha correspondido nunca decirlo a los escritores. Tal vez, buitre que ya llama a reyes a su pandilla, sí haya algo que analizar con mayor detenimiento en este fenómeno y tener cuidado con lo que se avecina. Sin embargo, Carolina, eso nos corresponde a nosotros, a los que no estamos en el noúmeno; usted, si me permite una recomendación, debería aprender a usar Instagram, para no inventarse un boroló de hadas y teorías ficticias de ciencias que nunca han podido llamarse ciencias. Y para renovar el repertorio de estrategias de marketing, ya nadie no lo va a poder hacer mejor que Trump con ese método. Relájese y escuche (Cállese). Como pone en evidencia el Chystemc: “Si en cada frase tu mensaje es que todos los otros no tienen mensaje, ¿cuál es el mensaje?”. Pura bulla. 

 

   



[1] Huelga decir que: a) esta sección del vídeo es más una pataleta de Sanín que dice: “miren que sí me leí el libro y sí puedo opinar” (cosa falsa, pues ella misma dice haber leído solo una sección) y b) la entonación en el ‘digerible’ es despectiva y en el ‘digerida’, peor.

[2] Perdón. Sé que dije que no iba a poner más mi percepción individual, pero así como todos somos egoístas, todo está basado en lo individual ¿no?

[3] En realidad, Sanín se arrepiente de la palabra madre, pero podríamos decir, sin alejarnos mucho de lo que quería expresar, creo yo: “quisiera ser alguien a quien consideren como una mujer”.

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