La distancia del pájaro es inherente a su naturaleza por una diferencia entre su especie y la nuestra. La mera fisionomía dicta que ellos vuelan mientras nosotros andamos; la casualidad a veces permite el contacto terrestre: con un cadáver atropellado o mordisqueado por un gato; o con un herido con menos suerte que vive a costo de no volar. En estos casos la piedad se despierta de vez en vez y un bípedo lo recoge en una toalla y lo cura para verlo partir o para encerrarlo. Lo primero es una fatalidad dolorosa, lo segundo una soledad egocéntrica. Entonces quedan dos formas de contacto: la sombra lejana de su vuelo, demasiado fría para ser fértil; y la tierra que necesita de uñas para tragarse las memorias, ¿dónde dejaste mis uñas, Isabel?
Siendo rigurosos no hay uñas, sino una malformación
incomoda del hueso que no deja de crecer y en el que se pueden hacer figuritas
decorativas con esmalte, laminitas o sangre (también la violencia tiene
florituras); pero, de haberlas, se quedaron en algún lugar entre la L de Lolita
y la L de Lorena; o tal vez se perdieron en un rio entre Mary Tudor y Lorena; o
entre el señor K. y Lorena; o, no sé qué pienses, Valentín…cállate, Molinita…aún
no se sabe nada de Tobón. Por eso no pudiste enterrar el pájaro ese día y
tuviste que escribir una novela, Isabelle.
Tengo que limpiarme las palabras para hablar de lo que
quiero hablar. Recuerdo que hace algunos años leía una edición de La
invención de Morel con el prologo de Borges que no exagera “al tildar esta
novela de perfecta” o algo así. El mismo Borges que bromeaba con sus posibles
plagios porque “ya todo había sido escrito” calificaba una novela —tan grande
como cualquier otra que tenga título y autor— de perfecta. Supe entonces que
esa sentencia del eterno retorno sobre la literatura y la inventiva humana era
falsa; hoy lo comprobé al terminar con la primera novela de Maria del Mar
Escobedo.
Pocas veces al tomar un libro me he sentido ante una
concatenación de hechos tan clara y dinámica como la que está en Tu sombra
de pájaro; no solo internamente, si no con el mundo, la literatura, la intimidad,
el silencio. Los personajes son los rostros de un mismo absurdo, las imágenes son
palabras yuxtapuestas en el vaho de un recuerdo, la narradora no existe porque
la describen las palabras que la tinta no le permite decir. ¿cuándo te acabas,
Lorena?
Hay pájaros de todo tipo. Los hay que vuelan, los hay
que no vuelan y los hay que nunca dejan de volar. Los hay con picos alargados,
cortos, chatos, gordos (seguro los hay sin pico, Isabela). A mí personalmente
me gustan los pequeños y coloridos, los que se posan en un cable y le ayudan al
sol con las sombras de la civilización; pero también los hay enormes,
jurásicos, carroñeros y violentos. No, Lorena, no son lo mismo, son como un
grupo más grande, eso, así. También los hay con cuellos frágiles, engañosos,
como las ranas venenosas, ¿tu crees que los que a mí me gustan serán venenosos?
Esa fue la primera de muchas veces que las vi, en las amoralidades
de la literatura, en los grandes grandes escritores que se quedan chiquitos
ante la sencillez. La última vez que las vi una se estaba terminando de quitar
los rastros de la mugre y a la otra le crecía el ala mientras alargaba el
cuello. No ha pasado tanto, pero un lamento ya lejano encontró su aposento y es
un nido de golondrinas y está firmado; perfecto es solo el árbol y habrá de
caerse. ¿Por qué tardaste tanto, María del Mar?
Comentarios
Publicar un comentario