Primero lo segundo, porque lo primero ya ha sido dicho muchas veces, no hay quién pueda asumir una noticia así sin dársele nada; no se puede recibir un diagnóstico como se recibe un vaso de agua. El problema no es realmente el hecho, sino las evidencias. Piénsese en lo siguiente: no hay siguiente, el mundo se para en ese instante y promete no volver a cambiar nunca, el futuro va a tener el lastre de que algo ajeno va a estar siempre tratando de ponerse mi ropa y mis pensamientos (¿hay algo que realmente sea mío?).
Después de leer sobre el trastorno entiendo que tengo
dos estados de ánimo principalmente: el primero, la manía; el segundo, la
depresión. Maniaco soy un genio, la promesa literaria de un país en ruinas, el
conductor más intrépido, una verdadera eminencia sufriendo los baches de una
sociedad mal forjada que no me merece; pero que aún así me dispongo a salvar.
Mis ideas son claras y mis palabras un trozo de mantequilla que se resbala
tranquilamente en los fogones de la poesía para quemarse y no decir nada, solo
dejar ese aroma dulce del pan tostado. Mi mente es un palacio reluciente y
lleno de vida y posibilidad, hasta que deja de serlo.
Después de escribir lo que yo catalogaría de
verdaderas esculturas, pero que en realidad son un montón de desordenes sin
ninguna atención concreta, me levanto un día y no tengo nada. Las palabras, en
la noche, se han encerrado en los libros que no puedo leer porque concentrarme
es una tarea titánica. ¿cómo se mueve un escritor sin lenguaje? El cuerpo no
responde a los mandamientos de la buena intención, mi cama se convierte en un
campo de protesta: “no puedes vivir” dice la pancarta que se levanta entre mi
almohada y la ventana. No me levanta ni el sol; aunque abra mis cortinas,
aunque procure ser funcional, la pancarta sigue ahí y la sombra de sus palabras
se refleja en el piso de mi apartamento, en el asfalto de la calle cuando voy
tarde a la oficina porque me costó dos horas levantarme, en la pantalla de mi
estación de trabajo porque mi cuerpo sigue sin poder moverse.
Me parece que esa es la mejor manera de describir cómo se siente un estado depresivo, o al menos el mío (odio las
generalidades): salir, llevar la rutina de la manera más corriente posible,
saludar, sonreír, cumplir con el día a día; todo esto con el cuerpo siempre en
la cama, con las cortinas siempre cerradas, con la mirada hacia adentro y los
oídos bajo el agua de la taza en la que uno intenta ahogarse. “estoy mal, pero
tranqui, ya pasará” constantemente por una esperanza viciosa por volver al
estado anterior. Pero el espejo refleja un rostro ajado y triste, una figura
asquerosa que tiene rostro solo por tenerlo y que recuerda la sombra de un
santo, pero hiede demasiado como para recordar de dónde viene esa memoria. Vivir
es demasiado frustrante.
Leía que la propensión de la gente con el trastorno
afectivo bipolar tiene un 18.algo % más de riesgo de contraer adicciones ¿cómo
no? La manía es deliciosa y si no se presenta hay que buscarla, el problema es
que no aparece nunca hasta que un día sí. Después de los excesos que no llevan
a ningún lado un día llega una verborrea rabiosa, una necesidad de solucionar
todo al instante, una claridad mental que ni el profesor Xavier; un día uno se
despierta y es indestructible. Los miedos no existen, la muerte es apenas una
niña que de atravesarse en el camino saldría herida ante tanto ímpetu, todo se
descifra de manera automática como si el mundo fuera un código demasiado simple
y la mente un programador demasiado experto. Ante la avalancha solo queda como opción
el derroche.
En la antigüedad se tenía la creencia de que existía,
en las personas heréticas, una piedra incrustada en el cerebro que los
enloquecía, razón por la cual no podían seguir la moralidad común de la sociedad que
habitaban; entonces se practicaba la extracción de dicha piedra por medio de un
método similar a la trepanación. Claramente no existe la supuesta piedra, si al
caso hay una flor como planteó el Bosco, pero nada más. Sin embargo, la
concatenación de pensamientos y la sensación de grandeza y genialidad clavan
esa piedra, esas espinas, esos pétalos hasta el tálamo para desdibujar
cualquier límite. Las armas son solo armas, la muerte es solo muerte, el dinero
es una pertenencia insulsa que más vale cambiar por mil placeres antes de que
aparezca nuevamente el vacío. Nada atemoriza al que sabe que va a perder todo
nuevamente cuando quién sabe qué se active y el cuerpo vuelva a anclar la
mirada en el techo de la soledad.
Hay también momentos neutros, de “normalidad” digamos,
en los que los problemas son problemas y las alegrías, alegrías. Este es quizás
uno de los momentos más dudosos, porque acostumbrado a los extremos la realidad
parece no afectar entre tanto sosiego. Mi alma está diseñada para la
catástrofe. En estos momentos es cuando el diagnóstico parece irreal, una
confusión por falta de métodos científicos que demuestren tal o cual cosa. En
estos momentos también es cuando las ideas suicidas vienen con más fuerza. No
es que en los picos emocionales no existan, tanto en la manía como en la
depresión la idea de terminar con todo es una constante violenta para el primer
caso y pasiva para el segundo. En la neutralidad, sin embargo, es una decisión
perfectamente racional.
1.
Evaluando
las cosas con cabeza fría mi vida va a segur oscilando entre A y B
2.
A
y B son estados anímicos de aparente lucidez, pero no son un juicio exacto.
3.
En
la normalidad en la que me encuentro y revisando las evidencias esta situación
se va a volver insostenible a causa de una prolongación ridícula y absurda de
mi vida.
4.
En
este sosiego y con la racionalidad encendida puedo darme una muerte que al
menos sea digna
⸫ “No olvidarse de suicidarse.
O al
menos, alguna manera de deshacerse del yo, alguna manera de no sufrir. De no
sentir. Sobre todo de no sentir.”
Ahora
sí lo primero: no soy un trastorno ni un diagnóstico, pero por algo existen las
taxonomías. Me dijeron apenas ayer que posiblemente sea un paciente de TAB, que
no se va a ir nunca, que esta será siempre mi vida aunque haga el tratamiento,
que hay otros tratamientos, pero en este país aún no están listos para hablar
siquiera de ellos. Con la descripción, la investigación (en algo se debe usar
el insomnio), el proceso que ya lleva más de tres años, con los errores y los
arrepentimientos, las impulsividades y los daños, la poesía y las hojas rotas,
los intentos de suicidio y los intentos de vida; con todo lo que no queda
dicho, es la primera vez que siento que me dicen algo con sentido y no quiero
aceptarlo.
Así
es esto, una respuesta o un silencio son lo mismo. “Mientras no se demuestre lo
contrario / Seguiré llamándome como me llamo”.
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