“…estoy ahorrando hasta las lágrimas, aunque escaseo…”
-N. Hardem-
Amo. Amo en exceso. Salgo a la calle, a la esquina, al
cuarto que está frente a mi cuarto en la casa de mis padres y todo lo que
encuentro son cosas amables. Amo con desenfreno a la humanidad que me rodea y a
la que ignoro, a la que critico y a la que alabo, a la que hace parte de un
camino recorrido y la que aún no ha llegado a cruzarse con mis pasos. Amo, como
cualquiera que tenga el valor de hacerlo, con dolor. Amo. Sufro.
Cada día habitan en mí esas dos sensaciones, aunque en
realidad sea solo una, y me siento desdichado y dichoso al mismo tiempo. Me lleno
a diario de excusas para abandonar la vida y a diario me convenzo de que hay
aun algo más por hacer, por descubrir, entonces sigo. No hay razón, no hay
método, ni siquiera hay compañía apta para alguien como yo, no hay nadie que
merezca perderse en las turbulencias de una mente tan simple como la mía. Y aún
así nunca estoy solo. Pero la compañía de esta época duele más que la soledad.
Las responsabilidades, los logros, las metas, la vida
que mostramos para aceptar respirar el aire en conjunto con alguien más, las
obsesiones que callamos con tal de no tener que dar explicaciones de nuestra
excepcional naturaleza. Seguramente a nadie le va a importar aquello que nos da
fuerza para seguir adelante. “¿a quién le van a importar los libros que leo, la
música que me apasiona, las películas que repito cada que puedo, las lágrimas
que derramo por cada fracaso?” todos creemos ser incomprendidos, si no fuera
así no escribiría esto que no es otra cosa que un mensaje a esa humanidad que
amo y quiero que me recuerde.
Seguramente no pasará y mi mayor miedo, el olvido,
será la sentencia de mi muerte y tal vez no me importe tanto como pensaba hace
un par de años si, por lo menos, puede alguien recordar lo que escribí, si algún
día se publica mi pensamiento, no mi nombre, mi pensamiento, y alguien puede
decir “estas letras son mías, solo que aún no las había escrito”.
Solo por eso trabajo, solo por eso escribo, solo por
eso vivo. Pero siento a diario el rechazo tácito de todos los que me rodean, no
por falta de interés, sino por falta de comprensión. ¿es acaso mucho pedir
alguien, solo una persona, que pueda compartir esta vitalidad conmigo antes de
que me mate? No sé, pero mientras tanto ahorro el dinero, el esfuerzo, los
problemas, los tropiezos, las incertidumbres y si me permiten el plagio, hasta
las lágrimas, aunque escaseo de mí. Así, tal vez, encuentre ese puerto que está
a la deriva entre mi puerta y ese mundo amable que me destruye, pero, con cada
dolor, me constituye.
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