“life is just a ride”
-Bill Hicks-
Quisiera decir que vivimos en el siglo de las cargas
históricas, de las consecuencias ineluctables, o cualquier definición que me
ganara la atención de la gente a la que quiero llegar, pero no puedo. Creo que
es muy pronto para definir este siglo, incluso esta década, es apenas el dos
mil veintiuno. Sin embargo, me parece tan claro lo que ocurre en el mundo que
no tengo otra opción distinta a escribir. El problema es que aunque quiera ser
radical no puedo, no creo tener la solución a los problemas que nos atañen;
aunque quiera ser escuchado no va a ser así, no soy nadie, no soy un
intelectual, tampoco un famoso, mis palabras son simplemente eso y si alguien
lee esto serán mis conocidos cercanos que poco o nada me dirán acerca de lo que
venga a continuación, no por ellos, sino porque, como dije, no tengo una verdad
que controvertir, ni una solución que nadie haya dicho antes, lo que voy a
escribir solo es una página más de un libro que se lleva escribiendo desde que
empezó la civilización, libro que por motivos personales llamaré: hay que
sacar a los niños del bosque, pero que a lo largo de la historia ha tomado
nombres demasiado diversos siempre con el mismo apellido: ..la educación.
En realidad, el problema al que me refiero no es la
educación, no porque esta esté bien, es claro que la educación ha quedado
estancada en la mediocridad más absurda, sino más bien porque esa es la
solución más fácil que nos viene a la mente cuando hablamos de problemas reales.
Por esto se han dedicado tomos y tomos de ideas “innovadoras” sobre el sistema
educativo y no se ha llegado a ningún lado. La verdadera razón es que a nadie
le importa un carajo lo que ocurra con las mentes de los jóvenes del presente,
lo que no es otra cosa que decir que a nadie le importa un comino lo que ocurra
en el futuro. Al parecer lo único que vale es mostrar algo de preocupación,
otorgar una campaña que sirva de placebo y olvidar el problema hasta que la
conciencia vuelva a picar. Lo mismo ocurre con todas las campañas. Lo mismo
ocurre con todas las ideologías, con todas las luchas, con todo lo que intente
mover el mundo sin un verdadero motivo. De eso he decidido escribir.
En este momento parece ser evidente que estamos
rodeados de deudas históricas, pero también somos dueños de múltiples consecuencias
del mismo tipo. Todos hacemos parte de este lugar que llamamos “planeta”, “hogar”,
“tierra” o lo que sea, pero en realidad solo participamos de él con nuestros
intereses que nada tienen que ver con la totalidad del mundo ni con el prójimo.
Realmente no sé quién fue el primero que dijo que cargábamos con las culpas del
pasado y si se piensa resulta evidente que pensemos de esa manera porque
nuestra cultura está basada en un salvador que solo vino a nuestras vidas a
decirnos que éramos culpables del mal simplemente por haber nacido. A eso añadámosle
la idea de una familia, o incluso de un círculo social al que pertenezcamos y
agreguemos por último esta maravillosa idea de la lealtad y ¡voila! Hemos creado
la responsabilidad moral. No digo que no haya que tener responsabilidad moral,
no se me malentienda, lo que quiero decir es que la única responsabilidad moral
que debemos tener es con nosotros mismos, no con nuestro pasado, ni tampoco con
los actos de nuestros allegados, la cercanía solo genera discordias y bueno,
las discordias…el apartheid, Auschwitz…se entiende ¿no?
Tampoco quiero que se crea que defiendo el
relativismo, o el solipsismo o cualquier idea por el estilo, de hecho, no
quiero que se crea que propongo nada, como ya dije, no tengo una solución, y
más vale explicarme de una vez antes de que esto se convierta en un sinsentido.
Las enfermedades de nuestro tiempo carecen de cura, eso es evidente, pero
nuestra constante individualidad nos ha hecho creer que debemos ir eliminando
una a una estas enfermedades, es más, que es aún mejor descubrir esas curas por
cuenta propia y no de la mano del resto, ah maldita economía. Mírese nada más
la crisis biológica en la que vivimos y piénsese por un instante la siguiente
pregunta: ¿se reunió el mundo o se inició una carrera por ver quién salía mejor
librado? La respuesta es evidente. En fin, tampoco es que esté mal descubrir
por cuenta propia, si alguien descubre la cura del cáncer, de la idiotez, del
racismo, por favor que hable ya. Lo que creo es que por estar buscando de
manera individual, a contra reloj, no hemos visto que no existe ninguna
solución, al menos no una solución única, la panacea no existe, la solución
debe ser colectiva o no debe ser.
Colectiva por supuesto en ambos sentidos de la
palabra, tanto como una congregación de todos los individuos, o al menos de sus
representantes (no políticos) y como una unión de distintos ataques en uno
solo. Aldous Huxley en la continuación de su novela más famosa escribe algo
similar a lo que quiero decir, no lo voy a citar porque soy extremadamente
perdido en las páginas de un libro, pero si me referiré a su idea por ser una
de las inspiraciones de este texto. Dice algo como lo siguiente: “en realidad
no se trata solo del problema del control o de la población, se trata de múltiples
problemas que atacan nuestra libertad y cuando se soluciona uno de esos problemas
vienen contra esa solución otros tres, la única manera de recuperar nuestra
libertad es con una solución múltiple”. Lastimosamente Huxley tampoco la
encontró, pero tiene razón, por eso yo tampoco vengo a ofrecer ninguna, más bien
vengo a hacer un acto de fe, un manifiesto si se quiere, en pro de la unión.
Sé que no es nada novedoso, no me importa, es
necesario. En este momento del mundo solo una cosa me parece clara y es que la
lucha individual de todos los grupos que se han tomado el spotlight están
creciendo de forma imparable y esto me genera conflicto. Movimientos como el
feminismo, la caída de monumentos en pro de la igualdad, el black lives matter,
se han ganado todo el terreno y antes de que me lancen los cuchillos déjenme decir
cuánto me alegra la búsqueda exhaustiva de justicia en el mundo. No, no estoy
diciendo que los feminicidios no sean un problema o que las vidas de las
distintas razas no deban tener el mismo valor (si es que alguna vida humana
tiene valor), lo que me preocupa es que tenga que hacer todas aclaraciones para
hacer un punto que nos concierne a todos. Como dije antes no creo, al igual que
Huxley, que exista una solución única y estoy seguro de que una vez se instaure
el feminismo (porque estoy seguro de que viviré para ver eso) como una forma de
pensamiento global, veré al mismo tiempo como se perpetúan nuevas injusticias. Entonces
surgirá otra idea, se contaminará hasta convertirse en ideal y seguiremos
rodando sobre nuestro eje porque no sabemos hacer nada más.
Sin embargo, entre tanto pesimismo me aferro a una ilusión,
a la ilusión de que somos libres, de que esa libertad significa decidir entre
el amor y el miedo y pronto decidiremos por la primera. Hace falta mucha valentía
para amar y mucha más aún para tomar el amor como una decisión consciente entre
las diferencias de todos los individuos. La razón es, como han dicho todos los
autores que se han preocupado por esto, la educación, pero no la escolar, ni
siquiera la familiar, sino la espiritual. Toda educación espiritual necesita
una motivación profunda, la más sencilla de estas motivaciones está en el
cristianismo: “la salvación” porque es innegable que todos moriremos y como
todos sabemos el sistema cristiano (por no decir religioso) ha ideado un sistema
que nos hace temer a la muerte para amarlos a ellos. Ahora, no todos han caído
en esa mediocridad y algunas ideas se han fundado en el mundo real, en la comprensión
de la naturaleza, en la aceptación de lo diferente, en, y esto es lo más
importante, el olvido del pasado.
Hace poco veía una escena que detonó todas las
palabras que están escritas en este texto. La escena era una revelación, un
padre descubría quién había sido el asesino de su hija, en realidad, la asesina,
en realidad, solo una niña que había sido educada con miedo y odio. Después de
varios cambios en el animo entre todos los presentes el padre dice algo somo
esto: “criamos a Sasha en el bosque, le enseñé a usar el arco para cazar y
traer alimento a la casa. Después se presentó la oportunidad de que se uniera
al ejercito y pensamos que sería una buena oportunidad para que dejara de tener
miedo, para que conociera el mundo, para que fuera libre más allá del bosque
donde había crecido. En el ejercito le enseñaron a defenderse y la guerra al
fin la hizo quitarles la vida a otras personas y defenderse, como se defendía
en el bosque de las bestias, de supuestos enemigos. En realidad, nada cambió,
el mundo es un gran bosque, hay que sacar a los niños del bosque” y le perdona
la vida a la asesina de su hija. Claramente la niña no entiende por qué le han
perdonado la vida, la razón es simple, es incluso un cliché, la venganza solo
reinicia el ciclo.
Cuando terminé esta escena me quedé pensando un rato
en mi vida, en la realidad que habito, en lo que ocurre alrededor a diario y vi
el bosque. Desde que empezamos a tomar conciencia del otro nos empiezan adoctrinando
en la competencia, nos enseñan a perseguir siempre lo mejor, en ser aceptado,
pero no a aceptar, en ser reconocido, pero no reconocer. Si alguien hace algo
bien debemos criticarlo y decir que lo podemos hacer mejor, aunque no tengamos
ni idea. Si alguien decide descansar debemos burlarnos y si no podemos
burlarnos porque su vida es mejor que la nuestra, entonces debemos quejarnos de
la mala suerte, de la injusticia. Y así con todo lo que nos ocurra. Llevado a
extremos matamos, odiamos, violamos, discriminamos y reprochamos esos actos. Y sí,
lo hacemos todos, no solo los blancos, no solo los hombres, no solo los
poderosos, todos cometemos esas atrocidades.
Todos contribuimos a que existan ladrones, todos somos
causa de desgracias, algunos lo somos de muertes y suicidios, todos hemos caído
tan bajo como nos permite nuestra humanidad, todos hemos criticado hasta dañar
a alguien, todos le hemos comprado droga a alguien que usa el dinero para
comprar armas, todos hemos votado por los dirigentes que degradan nuestra
condición de ciudadanos, todos le hemos dado la espalda a nuestros amigos, a
nuestra familia. Y lo siento, pero salir a marchar por la igualdad de la mujer,
por los derechos de los negros, por el matrimonio homosexual o por el
presupuesto de tal o cual universidad no va a cambiar nada distinto a sus
intereses individuales.
José Saramago dijo alguna vez en un discurso que existen
múltiples campañas para fomentar la lectura en el mundo, de hecho, lo dijo en
una feria del libro, que no es otra cosa que una campaña para que los índices de
lectura crezcan, pero continuando la idea, las múltiples campañas no sirven,
porque lo único importante es hacer la campaña, no que realmente genere un
cambio. Lo mismo pasa con los movimientos sociales de nuestra época. Hago otra
aclaración que no debería estar obligado a hacer: no quiero decir que a las
feministas no les importe su causa, nada más lejos de la verdad, lo mismo
aplica para los estudiantes, los homosexuales, los negros y todos los que
luchan por sus propias causas. Nadie gastaría tiempo, dinero y energía en una
causa que no le interesa. Estoy seguro de que todos los que lideran las
campañas de lectura quieren de todo corazón que se lea más, del mismo modo creo
que no hay nada que deseen las mujeres con más fervor que tener condiciones
dignas de vivir, que dejar a un lado el miedo, que vivir siendo personas y no
simplemente mujeres. También creo que nada queremos más que se acaben los
sesgos raciales, que los homosexuales puedan vivir su amor y su sexualidad en
paz y en general que todas las personas puedan llevar una vida tranquila sin
que eso signifique un riesgo ni una incomodidad. Lo que no creo es que la gente
que lucha por estas causas individuales entienda el amor que puede establecer
con sus contrarios. Son todos victimas del resentimiento y quieren conseguir
las cosas por la fuerza de los actos y algunos de la palabra.
Hacer parte de grandes movimientos sociales llena de
coraje a las personas, todo aquel que haya estado en una movilización lo
entenderá, la conciencia deja de ser propia para unirse a una idea común. En una
marcha se sigue un ideal por distintos motivos, pero eso no importa, es el
ideal, es la entrevista después de la marcha, es el titular del periódico, es
el placebo que den hasta que se dé la próxima manifestación, ad libitum. Al final
claro que se quiere conseguir lo que dicta la lucha, pero lo que realmente
importa es estar en la lucha y tal vez con suerte inspirar las siguientes
luchas.
Para cerrar, mi pregunta es solo una: ¿es necesario
luchar? Yo sé lo que van a responder todos a gritos, pero piénsenlo, de
corazón. ¿Es realmente culpa de todos lo que ha ocurrido en el pasado? Seguramente
no. Evidentemente no digo que amen a aquel que por deporte abusa de su uniforme
y mata inocentes solo por su color de piel, o a aquel que va a un bar solo a
buscar qué mujer emborrachar para dañarle la noche, para violarla, o
simplemente para acosarla. No estoy de acuerdo con aquel que golpea
homosexuales solo por su orientación, pero tampoco estoy de acuerdo con la
mujer que se niega a hablar con hombres solo por nacer con ese género. Lo que
quiero decir es, que así como en la ciudad donde nacimos hay violadores, amigos
verdaderos, héroes, deportistas, intelectuales, en fin, personas, en el resto
de ciudades del mundo también las hay y creo firmemente que las únicas fronteras
que nos hemos trazado es porque nos hemos creído la mentira de que somos descendientes
directos de la historia, ligados al pasado y sus acciones por una genética de
la que no nos podemos desprender. No todo hombre es un violador en potencia, no
toda mujer que exija respeto es una feminista radical que odia a los hombres,
no todo negro es producto de una raza resentida por las injusticias del pasado,
la verdad es que, al final, todo hombre, mujer, perteneciente a cualquier raza
a cualquier orientación, son personas y el perdón siempre ha sido mejor maestro
que el golpe, que el miedo, que el odio.
No sé que va a ocurrir con esa niña que le fue
perdonado el asesinar a alguien más por su miedo, por su sed de venganza,
porque “ella disparó primero”, pero si sé que como ese padre yo quiero elegir
por el amor, por una respuesta más grande que las que veo a diario en esta
época que me tocó vivir, porque no se me ocurre otra manera de sacarnos a todos
del bosque que abrazándonos entre las bestias que somos.
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