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La irrelevancia de la verdad

 

“Una verdad, en arte, es aquella cuya contradictoria es igualmente cierta”

-Oscar Wilde-


Recuerdo, no sin cierta dificultad, a aquel hombre que habitaba en los bares nocturnos de mi ciudad natal. Era un hombre quizá de mi estatura, tal vez un poco más alto o un poco más bajo, eso es irrelevante, de cualquier modo, sus palabras siempre lo hacían ver más grande al resto, era sin duda, como decía René Lavand en uno de sus shows, un hombre de tres dimensiones, porque el hombre es alto y ancho, pero él era alto, ancho y profundo. Digo esto porque caracterizar a ese personaje basado en su aspecto físico sería irrelevante, a simple vista era un bogotano como cualquier otro. Sin embargo, cuando la noche estaba avanzada y el licor que tomaba desinhibía sus sentidos, la prosa que salía de su boca podía ser causa de las envidias más altas en el círculo artístico que se reunía allí.

Sobra decir de paso que nadie que no haya pisado alguno de los bares que él frecuentaba lo conoce, en efecto no es ningún inmortal del arte, ni siquiera un crítico mediocre que nadie toma en cuenta. Todos los que lo conocimos decíamos sencillamente que era un mentiroso magnífico. Más de una vez, después de escuchar sus largas tertulias, en el largo silencio que nace del asombro y la admiración, en las mentes de todos los oyentes se repetía la misma pregunta: “¿será esto cierto?” y todos llegaban a la misma conclusión: “es irrelevante”. El apego a los hechos o la falsedad de lo que nos narraba carecía de importancia y él lo sabía, de ahí nacía la incomparable belleza de sus palabras.

Ahora, si alguien llegase a leer esto se preguntará cuál es la necesidad que me empuja a escribir sobre este personaje y lamento decirles que su pregunta no podría estar más alejada de mi verdadera intención. Esta persona es tan irrelevante como la verdad de sus historias, incluso tanto más (su nombre nunca fue cuestión de interés de nadie que lo escuchase). Escribo esto sencillamente a manera de manifiesto de una verdad que se ha atravesado en mis lecturas: el poder de la palabra no es otra cosa que la virtud de su insignificancia. Y no solo de la palabra, sino del arte en general. El personaje al que me refiero no es un protagonista de uno de mis cuentos, ni siquiera una idea digna de prestarle atención. Este borracho que retrato y que alegró tantas noches de embriaguez no es más que un ejemplo burdo de lo que quiero decir, aunque no por eso careciente de valor o exactitud.

La mente sagaz también se preguntará por qué narrar el arte de un anónimo y no, como es costumbre de la academia, cimentar mi texto en los hombros de los grandes inmortales, de las mentes que gozan de reconocimiento y por tanto de validez. La razón es simple, pero se divide en varias cuestiones. Primero que todo no me interesa que mis letras sean avaladas por la academia ni que algún estudioso refute lo que digo, como mencioné antes esto es sencillamente un manifiesto de una idea que me impulsa a escribir, su validez academia no me puede importar menos. Segundo porque considero que lo que se ha dicho del arte basándose en las grandes figuras de este hacen que la crítica artística carezca de valor, significado y sobre todo de libertad. Sobre esto quisiera detenerme un instante. A mi parecer existen dos críticas del arte que predominan en la disciplina de la creación artística. La primera es la que está basada enteramente en la historia del arte en sí, es decir, la que toma de referente los grandes acontecimientos históricos como nacimiento de las mejores expresiones artísticas y en consecuencia entiende el arte como una línea temporal de cúmulos del pensamiento que desembocan inevitablemente en los grandes nombres del arte. La segunda es la que está basada en el arte mismo, en la capacidad humana de someter la vida a un acto, es decir, la que entiende que el arte no es lineal y en consecuencia toma la experiencia humana como resultado de las ideas artísticas que transforman la vida, que no le interesan los grandes nombres ni sus historias, sino que por el contrario se fascina solo con las ideas y el impacto de estas, bien sea en el pasado o en el futuro. Sobre esto volveré más adelante.

Volviendo al tema me queda una razón por exponer. La tercera motivación de escribir sencillamente y no referirme a ningún gran nombre es tan oscura como determinante. Al ser la verdad tan irrelevante en la expresión artística debe serlo también en la crítica del arte. Sin embargo, hacer una crítica de este tipo requiere de valor, sencillamente porque aquel que se siente en la potestad de decir algo acerca del arte cree estar diciendo algo importante y si no está convencido de la verdad de sus palabras y es escuchado no tendrá las herramientas para defenderlas. Esta es la razón por la que cada vez la crítica y el arte están más ligados a un canon académico que a la propia libertad de la disciplina y es también el motivo por el cual la ficción rebosa mediocridad y las películas cuyo preludio es un “basado en hechos reales” son el centro de interés del público general.

Dicho esto, quisiera entonces continuar hablando de este hombre que a nadie le importa. En una de las tantas conversaciones que compartí con este personaje (y otros cuantos tanto más irrelevantes) surgió el tema que nos compete en este texto: el poder de la palabra. Este hombre, que ya había olvidado el sitio en el que se encontraba se levantó tumbando las bebidas de todos y recitó parado encima de la mesa un discurso digno de la Grecia antigua. La irritación que pudo haber causado su impertinencia e incluso la ira de ver el licor que tanto disfrutábamos regado por el piso con esquirlas de vidrio flotando en él, quedaron totalmente obnubiladas por la belleza de sus palabras.

“se imponen ustedes, estimados caballeros -empezó diciendo- la tarea de encontrar en el lenguaje la belleza de lo que creen vivir, pero olvidan, sin darse cuenta de que la memoria es ineficaz, y por lo tanto cualquier narración lo es también. No existe ninguna verdad en la palabra y aquello que ustedes llaman forma no son más que errores, ignorancias, experimentos fallidos que por no tener ninguna manera de compararlos con verdad alguna los hemos tomado como escuela. La exactitud que tanto alaban son solo excusas, maquillajes, métodos siniestros de mentirosos descarados que no teniendo nada que decir han decidido hipnotizarlos con la apariencia de las formas bellas y hoy día, queridos mediocres que me acompañan, ni ustedes ni las mentes que tachan de extrema brillantez son capaces de enamorar a las mentes porque no son capaces de errar. Estoy seguro, y lo sentencio frente al tribunal que hoy me escucha, si alguno de los artistas del pasado viniera a ver lo que han hecho con sus obras se encargaría él personalmente de quemar todos los museos y moriría lleno de balas en el pecho por intentar acabar con la vida de quienes han acabado con el arte. Así es queridos oyentes, cualquier artista que viera las condiciones en las que se evalúa su arte y fuera testigo de la mediocridad que hoy se aplaude, no dudaría un instante en dejar el lápiz, la pluma o el pincel para tomar las armas y crear un testimonio con la sangre de sus víctimas y ese testimonio diría solo una cosa: ‘no han entendido nada’. Y nosotros, con nuestro ego científico alabaríamos esa masacre, construiríamos un altar ante sus pies y llenaríamos de elogios su valentía y volveríamos en agradecimiento cualquier gesto que tuviéramos para demostrarle la gratitud que le deberíamos al gran salvador del arte. Entonces lo estudiaríamos aún más, a nuestro nuevo mesías y llenaríamos de significados sus palabras, sus asesinatos y su pasado y rendido ante nuestra ceguera el artista de antaño se suicidaría llorando nuestra estupidez. Y nosotros lo glorificaremos y escribiremos la nueva biblia para que ninguna generación olvidase nunca los milagros de aquel incomprendido que tuvimos la suerte de comprender y sin más que decir, el arte morirá.”

“ah, queridos oyentes, cómo quisiera hacerlo entender lo que yo he entendido, de qué manera desearía yo que sus oídos se cerrasen por un instante y se vieran obligados a escuchar solo las barbaridades repiten sus voces una y otra vez. Pero esta realidad está maldita, los ecos de sus mentiras son a sus ojos aprobaciones, confirmaciones irrefutables de que como especie hemos alcanzado la verdad. Los libros dejaron de ser universos inexplorados para ser testimonios que reafirman la certeza de que lo que conocemos es lo cierto, lo innegable, que no existe ninguna razón para explorar lo inexplorado. En unos años veremos en los museos la expresión pura de la matemática, en la prosa la forma exacta del éxito y la música será un solo bucle en repetición. Cuando todo esto pase el alma habrá sido destruida y ustedes serán los culpables, pero eso no será lo terrible del asunto, lo verdaderamente atroz es que pensarán que han hecho lo correcto y se sentirán orgullosos de la nimiedad que habrán conseguido, la verdadera desgracia a la que se enfrentarán será el convencimiento de que, por fin, después de tantos siglos existiendo como especie, habrán encontrado la verdad. Y créanme, compañeros, que mi deseo más fervoroso es salvarlos de su ineluctable condena, pero es demasiado tarde. Perdónenme por mi falta de vigor, soy tan culpable como ustedes y estas palabras son lo único que tengo, es decir, no tengo nada”

Dicho esto, el hombre cayó sobre sus rodillas y se tumbó sobre la mesa. Todos estallaron en carcajadas y aplausos. Le gritaban que era un genio, que tenía la razón, que ese bar sería el nacimiento de los héroes del arte y que él los guiaría hacía un futuro en el que la única verdad fuera la belleza en toda su contradicción. El hombre simplemente quedó acurrucado en la mesa y mientras todos festejaban el discurso que acababan de escuchar pude ver cómo de sus ojos brotaban las lágrimas más silenciosas que he visto jamás. Nunca volví a saber nada de aquel hombre, en esta ciudad uno nunca sabe qué puede ocurrir con un desconocido, todos son desaparecidos en potencia, bien sea por la muerte o porque la historia secreta de cada persona de Bogotá tiene finales fatales, en todo el sentido de la palabra. El caso es que él desapareció, como muchos otros, pero como la gran mayoría no dejó de existir.

Lo que narro sucedió hace ya siete años quizá. Desde ese momento hasta ahora han ocurrido demasiadas cosas, tanto en mi formación como en el crecimiento mismo del entorno. Por eso hoy me resulta curioso haber recordado a este hombre, pero era inevitable. Desde ese día, sin darme cuenta, me había convertido en un apasionado del arte y como no encontraba nada que me satisficiera en el presente recurrí al arte de otros tiempos para encontrar respuestas y sobre todo para encontrar un eco de lo que había escuchado aquella noche en el bar. Siete años me tomó, sin embargo, encontrar algo medianamente similar a lo que decía este personaje irrelevante y no porque dijera o sentenciara lo mismo, ni siquiera porque tratara el mismo tema, sino sencillamente porque era consciente de que estaba leyendo una mentira. Aunque narrada de manera magistral, una mentira en todo caso. Y no solo una mentira, sino una defensa de esta, una apología del arte de mentir si se quiere, da igual. Entonces cerré el libro y me dispuse a escribir estas páginas.

Más arriba comenté que iba a volver sobre el tema de criticar el arte desde el arte mismo y no desde sus connotaciones históricas. Este es el momento. La crítica del arte ha sido malentendida durante los últimos años, así como el arte también ha sufrido esta condena, y es de esperarse, ya que ambas disciplinas son en realidad la misma. No hay arte sin crítica ni crítica sin arte, esto es evidente, sobre todo la segunda parte. Sin embargo, lo de afirmar que no hay arte sin crítica puede sonar un tanto ilógico, de hecho, los más acérrimos adeptos del arte dirán que la crítica es la enemiga del arte y que solo trata de encasillarla en una academia elitista, etcétera. Y podríamos estar de acuerdo si no supiera yo que la crítica es víctima de sí misma, por nuestra culpa. Verdad es que cuando observamos una obra, o dejamos que un artista tome las riendas de nuestra imaginación para mostrarnos los mundos de la suya propia encontramos fascinante que de un mundo puedan surgir tantas diversidades. Verdad es también que cuando leemos a un crítico estamos sugestionados por el deseo de comprender a fondo lo que se crítica y de este modo decidir si es o no valioso. En este sesgo radica el problema.

Lastimosamente es más sencillo que una crítica mediocre tenga éxito a que lo haga una verdadera crítica. La razón es sencilla, la crítica mediocre está basada en los hechos “tangibles” que rodean a una obra, la crítica verdadera está basada en las afecciones de una obra en el alma y la vida humana. Entonces una crítica que destruye el significado de una obra por basarse en sus condiciones históricas o personales no guía irremediablemente a dejar de ver esa obra con un espíritu artístico y lleva a nuestro raciocinio a otorgarle un juicio de valor carente de todo sentido, precisamente por tener todo el sentido que el crítico mediocre nos ha ofrecido. En cambio, en una crítica bien construida encontramos el dialogo de un alma con la nuestra, contrastamos las impresiones que nos narra con las nuestras y discrepamos o asentimos mientras la leemos, en definitiva, vemos cómo una obra puede o no transformar la vida humana y generar más arte que siga el mismo camino.

Cuando escuché a este borracho no entendía que lo que él decía era totalmente irrelevante, que, aunque hoy vea evidencias de esos museos abarrotados de insignificancia y alabados por la crítica mediocre, todo lo que decía podía o no ser verdad, que daba igual que fuera un borracho o un iluminado, todo lo que importaba era su carácter único en ese bar y las conversaciones que lo rodeaban cuando nos daba la espalda. Cuando lo recordé leyendo las páginas que me hicieron escribir esto comprendí que el arte y la crítica están en decadencia por nuestra estúpida sed de raciocinio y nuestras ínfulas de cientificidad. La exactitud no es la verdad, como no lo son las matemáticas, ni la física, como no lo son tampoco las conciencias privilegiadas de los artistas. Los artistas son mentirosos y mentirosos mediocres porque no se esfuerzan en tapar sus errores, el arte no es verdadero, ni tampoco lo es aquello que extraemos de él. Las metáforas no son herramientas para decir la verdad ni la pintura es un retrato de la realidad, el único arte es la ilusión y la única crítica verdadera del arte es la que entiende que la vida tiende hacía esa mentira. Esa es la verdad artística.

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