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Léase al gusto

 

“…no se asustan por la tenebrosa

Ambigüedad del lenguaje

(no es lo mismo decir buenas noches que decir buenas noches)…”

 

-Alejandra Pizarnik-

 

Cuando me siento a escribir siempre existen dos preguntas que se presentan: qué voy a escribir y qué van a leer quienes se acerquen a lo que escriba. Además de lo evidente “Andrés Riveros, título, historia” ¿qué van a encontrar las personas que lean mis renglones? Por supuesto, entiendo que el proceso de escritura, como cualquier proceso creativo, parte del diseño. En el caso de la escritura, que es el que me compete a mí, se trata de un diseño estructural para demostrar, por medio de emociones y travesías internas, una verdad sobre el mundo que al autor le parece relevante. Evidentemente la escritura se trata de mucho más que esto, pero permítaseme la simplificación para cumplir con el propósito de lo que vengo a decir.

Según este diseño, que los escritores planeamos mucho antes de incluso darle un nombre a nuestros personajes o a nuestra historia, pretendemos convencer a los lectores de algo. No necesariamente tiene que ser una verdad política o una denuncia social; evidentemente la literatura que nos provee de ese tipo de reflexiones tiene más riqueza, sobre todo si está tratado por grandes nombres como Hugo, Kafka o el mismo Cortázar. Sin embargo, también puede ser solo un viaje, como la vida misma, a lo interno o a lo externo, que explique a los lectores los descubrimientos de tales travesías; de nuevo, pueden ser textos incalculablemente fructíferos si su origen está en la mente de Miller, Kerouac o Huxley (que nada cómodamente en las dos aguas). Ahora bien, no importa la maestría, ni la temática, ni siquiera el contexto como muchos pretenden creer, sino el lector. Únicamente el lector les da valor a las palabras escritas y únicamente el lector sabe lo que significan, no ha nacido (ni nacerá) el autor que sepa perfectamente lo que está escribiendo. 

Entonces, ¿qué significan las palabras? Posiblemente nada, es decir, todo, lo que nos plazca y aquí entramos en un terreno oscuro. “si las palabras significan lo que nos plazca -dirá alguien- entonces puedo llamar al perro tabla y nadie me va a entender” claro, pueden hacerlo, el problema no es el contexto en el cual nos expresamos, bien podríamos convencer a todo el mundo que esos seres peludos de cuatro patas en los que gastamos nuestra ternura y admiración se llaman en realidad “tabla” y no “perro” y nada cambiaría. De hecho, varias mentes brillantes han formulado y reformulado este problema en textos de filosofía analítica y filosofía del lenguaje que para mí carecen de sentido. El problema es mucho más profundo, no se trata de cómo logramos generar un lenguaje común, una “gramática universal”, sino de qué es aquello que determina que una persona lea “buenas noches” y otra lea “buenas noches”.

Borges (por supuesto) propuso, en uno de los que para mí es de sus mejores cuentos, este problema de la siguiente manera:

                        Es una revelación cotejar el don Quijote de Menard con el de Cervantes. Este, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):

…la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el ‹‹ingenio lego›› Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:

…la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad, sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales -ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir- son descaradamente pragmáticas.

También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard -extranjero al fin- adolece de alguna afectación. No así el del precursor que maneja con desenfado el español corriente de su época.

Pierre Menard, autor del Quijote.

Jorge Luis Borges.

 

Por supuesto, la propuesta de Borges raya con el análisis contextual del que hablaba anteriormente, pero como esto se trata de precisamente lo contrario, déjenme explicar la manera en la que yo leo este cuento.

Siempre he pensado que la lectura y, más específicamente, el habito de lectura se debe a dos factores primordiales. El primero, las lecturas que lo han iniciado a uno en este mundo literario; el segundo, la manera en la que se nos ha enseñado a afrontar esas lecturas. Así, alguien que empiece leyendo a sus cinco años una obra como El Fausto, Los Miserables o el mismo Quijote, posiblemente, a menos que se trate de un genio, va a encontrar tediosa cualquiera de estas. Del mismo modo, alguien que lea algo apto para su edad (hablo del desarrollo intelectual que tenga, no de su cuerpo físico) pero no sepa encontrar evidencias de lo que ha leído, en su vida o en el mundo exterior, encontrará en la lectura una pérdida de tiempo y abandonará su deseo de abrir un nuevo tomo. De estos dos factores nace el significado, no de la lingüística ni de los estudios especializados, sino de la forma en la que cada individuo ha aprendido a leer y lo que ha leído en su vida.

Entonces el Quijote de Menard no es distinto al de Cervantes por su diferencia histórica, sino por el significado que tiene que un hombre escriba el Quijote y otro escriba el Quijote. Si somos mas cuidadosos se puede pensar de la siguiente manera: supongamos que un lector desconoce quién es Miguel de Cervantes y lee el Quijote sin ningún contexto cultural ¿son sus impresiones menos válidas? ¿o acaso por no tener el sesgo histórico es una lectura mucho más eficiente? El problema en este punto radica en que es casi imposible pertenecer al mundo literario sin saber quién es Miguel de Cervantes, pero tal vez, muchos de nosotros hemos leído fragmentos de Cervantes sin tener la menor idea de que él fuera su autor. También se puede sembrar la duda, nadie nos ha dicho que efectivamente la cita de Borges es de Cervantes, quizá sea una cita inventada, o quizá le pertenezca a Menard y Borges, en medio de los vestigios del delirio en el que se encontraba al escribir ese cuento confundió a Menard con Cervantes y al Quijote con la Celestina. Quién sabe.

Entonces, ¿cómo definimos lo que significa Hamlet para la humanidad? Mejor aún ¿cómo interpretamos las miles de referencias que tienen que ver con Hamlet? Sabemos que una referencia funciona porque hay un significado detrás, algo realmente importante, un significado significativo por jugar un poco con el lenguaje. También sabemos que si se usa una referencia a otra obra puede ser por el simple hecho de hacerle un homenaje a alguien que se admira o por el deseo de resignificar esa obra, ya sea desde la crítica o desde la ampliación misma de su alcance conceptual.

Hay un libro que me parece a mí es un excelente ejemplo para mostrar esto: La Náusea de Jean-Paul Sartre. Como es sabido esta novela de Sartre es en realidad un tratado filosófico de su extenso trabajo sobre la libertad y el existencialismo. Sin embargo, no deja de lado su valor puramente literario. Así, se puede leer La Náusea desde el punto de vista filosófico, en el que todas las referencias tienen un sentido refutatorio frente a sus antecedentes intelectuales, o desde el punto de vista literario, en el que se enriquece la experiencia a través de las sensaciones, la historia y por supuesto el interés de vivir en la mente del protagonista mientras duren las páginas. ¿cuál lectura es más válida? Ninguna. Seguramente habrá quien diga que la mejor de las lecturas es la que combina ambas visiones, los defensores de la síntesis nunca faltan, pero, aunque se quisiera hacer de ese modo, no se puede.

Hablamos acá de términos generales como el conocimiento filosófico y el goce literario. En principio no se ve que haya ninguna disonancia entre uno y otro, es decir, es perfectamente posible que alguien disfrute un libro de las dos maneras simultáneamente. Puede ser. Pero, cualquiera que haya leído un libro dos veces sabe que no se trata del mismo libro, aunque se lea inmediatamente después de terminarlo la primera vez. También es claro que toda persona tiene libros que resultan memorables por razones muy específicas, una impresión, la narrativa, una escena, la mera trama de la historia que roza con lo personal. Claro está que entre más se estudie un libro más razones de estas se encontrarán, pero no cambia el punto, nadie lee igual las mismas palabras.

La mente humana, cuando consume arte, se basa en la obsesión. Hay distintos tipos de obsesiones, unas más profundas que otras, unas que permiten ver el arte desde un punto de vista más amplío que otras, pero al final son meras obsesiones y toda obsesión está ligada a la vida personal de cada individuo. Siendo así, no hay forma siquiera probable de que exista un consenso absoluto sobre lo que significa cualquier cosa que se haya escrito. Y el conflicto ni siquiera es por el deseo de querer generar un lugar común entre todos, sino por todo lo contrario. Las cátedras académicas y cualquier interpretación especializada sobre un tema literario sobreintelectualiza cualquier apreciación que haya hecho el autor e inmediatamente tratan de encasillarlo en lugares que no tienen nada que ver con la obra que se nos ha presentado, principalmente porque las grandes obras que estudiamos nunca han tenido por propósito ser leídas de la manera en que las leemos.

Recuerdo que hace poco escuchaba un conversatorio sobre la poetisa citada al inicio de este texto. El conversatorio tenía por tema dos de los poemas que han resaltado dentro de la obra literaria de Pizarnik: Árbol de Diana y En esta noche, en este mundo. Poemas que son de una belleza indecible y que le pertenecen únicamente a la afección de una persona que sufría en el mundo y veía a través de su sufrimiento la posibilidad poética, pero también de una lectora acérrima, de una pajera, de una mujer que escribió y ya. Sin embargo, en este conversatorio el tema era distinto a todo lo que se puede extraer de una mente como la de Alejandra, conceptos como “la búsqueda ontológica” o “la condición heideggeriana” rebosaron la conversación con un montón de nimiedades sin sentido sobre la obra poética de la autora. ¿a quién le importa saber si se trataba de un ejercicio filosófico o de una influencia surrealista? Cuando no podemos comprender, comprender en serio, sentir, encasillamos todo en aquellos conceptos que nos hacen sentir bien con nuestra intelectualidad y llenamos de referencias los oídos de aquellos a quienes queremos impresionar y terminamos diciendo lo mismo que se ha dicho siempre.

¿por qué no leer entonces por nosotros mismos? ¿por qué no tomar a Pizarnik y decir “no entiendo de dónde viene, pero quiero suicidar las palabras con ella”? ¿qué necesidad hay de darle un significado único a aquello que leemos? Detesto a las personas que recomiendan libros haciendo propaganda de sus impresiones (que no son otra cosa que las impresiones ajenas que se han memorizado para decir que leyeron exhaustivamente un libro) y al final revelan todo desde su punto de vista aburriendo a alguien que, de no ser por tantas palabras, habría encontrado la vida entre esas páginas. Personalmente creo que el significado se debe buscar por medios propios, para nadie va a ser tan importante la novela tal como lo es para mí y para mí no va a ser tan importante la poesía de aquel referente como lo es para aquella. No digo que sea una mera cuestión de perspectiva, porque no lo es, el relativismo es a lo que menos quisiera llegar en mi vida; lo que digo es que una buena educación nos permite apreciar la belleza de todas las obras que valgan la pena, pero solo una sabia educación intelectual nos permite encontrar belleza en los lugares donde ni siquiera el creador la concibió.

Me despido entonces con la enseñanza de uno de mis mesías favoritos: Donald Shimoda.

                        -Las páginas no están numeradas, Don.

                              -No -respondió-. Basta con abrirlo y encuentras lo que estés buscando-

                              - ¡Un libro Mágico!

               -No. Puedes hacerlo con cualquier libro. Incluso con un periódico viejo, si lo lees con suficiente atención. ¿no has fijado nunca algún problema en tu mente y has abierto cualquier libro que tengas a mano para observar lo que te dice?

               -No

               -Bien, inténtalo alguna vez.

Ilusiones

Richard Bach

 

Inténtenlo de vez en cuando, leer por ustedes, por el deseo de encontrar una respuesta que no sabíamos que buscábamos y luego vayan y díganle a alguien lo que han encontrado y verán que es diferente. Obviamente “buenas noches” y “buenas noches” significan lo mismo, pero no para todos significa lo mismo la muerte de Avellaneda o el asesinato de María Iribarne, al final son una muerte y un asesinato, es decir, son dos muertes y, además, son ficticias, pero ese es el punto: yo nunca lloré en un funeral, pero aún recojo los pesares que me causaron las partidas de estas dos mujeres.

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