“si
esto no es una dictadura, ¿qué es?”
-Bersuit
Vergarabat-
Después de escuchar una conversación en el almuerzo
con mi familia no tuve otra opción que sentarme a escribir esto. Para ser más
exacto: después de escuchar a mi padre decir que él no opinaba en discusiones
políticas porque “todos salen peleando” y después de escuchar a mi madre y mi
hermano despellejarse a palabras por ver quién tenía la razón de cómo funciona
el gobierno. ¿es en realidad importante saber esto y guardar la integridad por
algo que debería ser una conversación constante en nuestra sociedad? Más aun ¿es
realmente necesario que la conversación política reine en nuestras
especulaciones? Respuesta: no. Evidentemente todos creemos lo contrario, “es
necesario que todos seamos conscientes del estado del país y los movimientos
políticos para que no nos metan los dedos en la boca”, decimos, y es cierto,
pero ¿realmente sabemos qué ocurre en el país? ¿estamos realmente al tanto de
cómo se mueven los poderes y las influencias del lugar en el que habitamos? Ni
siquiera entendemos las maneras en las que se mueven nuestros reducidos o
amplios círculos sociales, tampoco sabemos de qué manera está organizado el
gobierno de la familia de la cual provenimos, es más, a muchos el hecho de
pensar que las familias se rigen por un gobierno, influencias y juegos de poder
resulta extraño. Entonces, no sean hipócritas pretendiendo opinar del funcionamiento
del país cuando ni siquiera se hacen cargo de sus gobiernos particulares.
Ahora, yo tampoco entiendo cómo ocurren estos cambios,
ni opino en las conversaciones políticas (más por un gusto morboso que por integridad),
ni me paso la vida pendiente de los posibles cambios que puede tener el país
con sus reformas, decretos o leyes. Entonces ¿quién soy para venir a escribir sobre
la situación política del país? Nadie, como todos. La diferencia que creo tener
es que soy consciente de mi igualdad con mis compatriotas y mis cohabitantes
del planeta tierra. No soy poseedor de ninguna verdad espectacular, ni soy un
genio, lo único que tengo es un par de ideas que resuenan en mi mente y de los
que vengo a hablar, al que no le interese bien pueda seguir con su vida.
El origen de tales ideas por supuesto no soy yo y,
seguramente, tampoco lo sean sus autores, eso es irrelevante, el autor es solo
una figura, la idea es lo que importa, a través de la idea se transforma el
mundo, de la idea nace la idea. Sin embargo, es imposible no relacionar
cualquier idea distópica a su santísima trinidad Huxley, Bradbury y Orwell y
esas son las ideas que inspiran las palabras de este texto. De todos modos, no
quiero que se olvide la importancia de olvidar quienes son las génesis de estas
ideas, si los cito es simplemente por respeto, porque al menos el mérito de
escribirlas les pertenece, pero no me interesa pensar desde ellos. Cuando se
inicia algún análisis sobre lo que alguna mente brillante del pasado dijo se
mira bajo los lentes del tiempo y el contexto, es casi imposible desligarse de
esa ceguera que nos provoca, de vez en cuando, la historia. Por eso, aunque las
ideas les pertenezcan, pensemos que son simplemente ideas y que si resuenan en
el presente no es porque ellos estuvieran adelantados a su época, ni por la
influencia de sus ideas, sino porque algo de lo que nos suscita la idea continúa
ocurriendo. Y si es el caso contrario, si las ideas no resuenan, no es porque
sean del pasado, o estén fuera de moda, sino porque hay algo que aun nos falta
desaprender o porque mi expresión no es lo suficientemente clara para demostrar
su conexión con el presente, pero espero que ese no llegue a ser el caso.
Está de más decir que no vivimos en una dictadura ni
en un sistema de control de ciencia ficción como el que nos exponen libros de
la talla de 1984 o Un mundo feliz, por eso mismo, porque está de
más, es importante decirlo. Cuando escuchaba la conversación a la que me
refería más arriba podía ver la ciega convicción de cada uno en sus creencias,
como si se tratara de una religión perfecta, una clase de revelación mesiánica de
la cual no se puede dudar. Entonces, me di cuenta. En todas y cada una de las
conversaciones que había visto sobre política ocurría lo mismo, una suerte de
autoconvencimiento que rodea al que lo posee de un aura en apariencia superior.
Me acuerdo incluso, de un compañero del colegio en el que estudié que siempre
estaba hablando de política. Su caso además era ayudado por su desempeño académico,
sobre todo en áreas de ciencias sociales. Su conocimiento histórico, su
conciencia política, incluso sus reacciones frente a las injusticias sociales
resultaban casi hiperbólicas, pero siempre, en apariencia, fundamentadas y como
a todos nos resultaba, en cierto modo, superior, nunca nadie se atrevió a
cuestionar de dónde venía ese conocimiento.
Ahora, muchos años después, me doy cuenta de que solo
se trataba, como en toda conversación política, de repeticiones de las
repeticiones de los mismos argumentos que nos decimos (dicen) a diario para
convencernos de que somos libres, participativos y, sobre todo, seres
conscientes que hacen a diario lo mejor para hacer de su país un mejor lugar. Casos
como el de él he visto y puedo citar en un sinfín de párrafos que nada
aportarían a lo que quiero decir, así que, como esto no se trata de otra
conversación política, continuaré, no sin antes aclarar que yo, evidentemente,
solo puedo repetir y que está en las manos de cualquiera que lea esto darle
paso a una nueva visión, yo simplemente vengo a plantar las semillas que me han
plantado a mí, es todo lo que mi alma pedagoga me permite.
Ahora bien, también existe un propósito por el cual incluí
este personaje de mi adolescencia temprana en este texto. Cuando leía, varios
años después de haber perdido contacto con este individuo, 1984 no podía
creer lo que estaba leyendo. No porque me resultara imposible, ni porque se
tratara de la primera distopia que leía, de hecho, no lo era y tampoco es la
mejor, a mi criterio, sino porque cuando veía las evidencias de lo que ocurría,
a nivel psicológico de los personajes, me sentía tan afectado como atemorizado
por ellos. De igual manera, la decepción y el dolor que sentía al final, cuando
todo se derrumba, no pude sino pensar en la gente como mi compañero de colegio.
Sin duda, él y todos los que tengan su visión y su condición, terminarán, o
bien como una de las víctimas que legitiman el sistema, o bien como uno de los caudillos
que lo sostiene.
Y bueno, ahora sí, a lo que venía. El gobierno
funciona de dos maneras, la real y la que vemos, es decir, la que permite que
el mundo siga sin cambio y la que hace que el mundo siga sin cambio. Me resultaría
tedioso buscar ejemplos de esto, más que todo porque desconfío de todo lo que
proviene de los medios de comunicación que nos dan la apariencia de
participación y de acceso a la información, pero también porque, aunque
encontrara una prueba irrefutable de la verdad, todo aquel que de antemano no
esté dispuesto a aceptar una sacudida en su realidad, no lo va a creer. Para este
tipo de personas podría venir el mismísimo Jesucristo en persona a decirles que
tal o cual político que adulan es el responsable de su miseria y primero dejarían
el cristianismo antes que el Centro Democrático o cualquier partido. Entonces,
todo lo que tengo, son las ideas que mencionaba al principio y que pretendo
usar de una manera más o menos convincente.
El que conoce Un mundo feliz sabe de qué va la
novela, un mundo en el que todo el mundo es feliz porque todo está
perfectamente controlado por una serie de mecanismos farmacéuticos que regulan
la psique y la biología de sus habitantes. Sin embargo, pocos, yo incluido,
saben de la existencia de Nueva visita a un mundo feliz que trata, como
su título lo dice, de un regreso a este mundo ficticio que Huxley planteó
magistralmente en la primera parte. Sin embargo, sorpresivamente no se trata de
una nueva novela, sino de una suerte de ensayo compuesto de pequeños ensayos
que tratan distintos temas. ¿y el mundo feliz? Bueno, abre la ventana. Y ¿por
qué traerlo acá? Volvamos a la conversación de mi familia.
Como dije la convicción reinó en sus palabras, pero ¿por
qué? Sencillamente porque uno solo habla con convicción de aquello que en
realidad no conoce. El gobierno, para nadie es un secreto, es especialista en
darnos una ilusión de verdad, ¿cómo? Para eso está Huxley. Para él, como se
notó arriba, los deseos psicológicos son de suma importancia para mantener el
control dentro de una dictadura, así «utilizados de un modo, la prensa, la
radio y el cine son indispensables para la supervivencia de la democracia. Utilizados
de otro modo, figuran entre las armas más poderosas del arsenal de un dictador.»
Nadie desconfía de aquello que le es dado, por lo tanto, la manipulación
resulta un juego de niños. Los lugares en los que nos desconectamos del mundo
político, o al menos tenemos la ilusión de ello, están contaminados de la información
política que constituye nuestro discurso, los minutos de odio de Orwell son
obsoletos frente a esta maquinaria, no hace falta tener alguien a quien odiar,
solo tener una figura que polarizar para que todos opinen mientras tras
bambalinas ocurre la realidad.
Ahora, siguiendo con Huxley, «…ni en la misma Roma había
nada que se pareciera a la distracción ininterrumpida que proporcionan
actualmente los diarios y revistas, la radio, la televisión y el cine». La ecuación
es más complicada en la actualidad, pero todo lo que se ha añadido ha sido para
desbalancearla aun más en favor del poder. Quien tiene la información controla
el poder, todos lo sabemos, los dictadores también, por eso hay que calmar la
sed de la población de que tengan esa información. De ahí que existan
ilimitadas distracciones del pensamiento en todos los lugares. Juegos, música,
cine, series, redes sociales, periódicos, fake news, todo hace parte de lo
mismo. Para ponerlo en contexto imaginemos la escena de la conversación que me
hizo escribir esto. Cada uno de los participantes no tiene idea de lo que está
hablando, al menos no realmente, todos saben qué significa “presidente”, “ley”,
“reforma”, pero no entienden lo que ocurre al fondo, porque está más allá de
nuestra posibilidad de conocer. Entonces, si nadie sabe de qué habla ¿cómo es
posible que generen una conversación? Pues del mismo modo que niños de cinco
años pueden participar de una guerra cuando se les otorgan pistolas de agua. Así
se repite el mismo argumento una y otra vez en redes, en revistas, en foros de
opinión, en cantinas y nada cambia. Nuestro convencimiento de saber que algo
ocurre es lo que permite que sigan gobernando quienes gobiernan.
Ahora bien, existe también el caso contrario. Quien sabe
que duda y que hay una razón por la que dudar. Estas personas antes eran
caudillos que asesinaban para callar la sed de revolución. Ahora son personas
como yo, como mi compañero del colegio, como tú que llegaste hasta este párrafo
o como el protagonista de 1984 que un día encontramos apoyo de algo que
parece más grande que nosotros para ser recibidos con las siguientes palabras:
La Hermandad no
puede ser barrida porque no es una organización en el sentido corriente de la
palabra. Nada mantiene su cohesión a no ser la idea de que es indestructible.
No tendréis nada en que apoyaros aparte de esa idea. No encontrareis camaradería
ni estimulo. Cuando finalmente seáis detenidos por la Policía, nadie os
ayudará. Nunca ayudamos a nuestros afiliados. Todo lo más, cuando es
absolutamente necesario que alguien calle, introducimos clandestinamente una
hoja de afeitar en la celda del compañero detenido. Es la única ayuda que a
veces prestamos. Debéis acostumbraros a la idea de vivir sin esperanza.
George
Orwell
Estamos solos, nadie puede hablar de dudar sin
fundamento, por eso lo único que puedo hacer es citar estas ideas y esperar que
algo dentro de quien lea esto se inicie para que siga el voz a voz y algo
cambie. De otro modo, lo único que va a pasar es que vamos a encontrar esa
ayuda orwelliana y como su protagonista legitimaremos el sistema, porque nunca
salimos de él. De otro modo, lo único que va a ocurrir es que se va a repetir
la conversación del almuerzo, el “yo no opino para no pelear”, el “yo tengo la
razón” y las fuerzas van a seguir oprimiendo con la misma fuerza.
Desgraciadamente creo que eso es lo que ocurrirá y
seguirá ocurriendo, pero no puedo hacer menos que expresarlo y luchar porque
tenga peso y voz. La esperanza me dice que confíe en que quienes se van a dar
cuenta de esta irrealidad son quienes viven sometidos a ella y no a quienes
están arriba de ella, porque si es el segundo caso ocurrirá lo que siempre ocurre
cuando alguien muestra las falencias de un sistema y no lo escuchan quienes
deben escucharlos: la verdad será usada para fortalecer aún más aquello que se
quería descubrir. Mientras yo viva no permitiré que pase, al menos no con mis
palabras, pero para todos los que quedan después una amarga y necesaria
moraleja, como decía Cortázar: “no te dejes comprar, pibe, pero tampoco vender.”
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