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Nunca he creído que la filosofía sea una rama del conocimiento imprescindible para el conocimiento humano, de hecho, pienso que en muchas ocasiones es necesario pasarla por alto para lograr un progreso significativo. Sin embargo, el Covid-19, el aislamiento, y todas las consecuencias que hemos vivido de esta situación han despertado en muchos de nosotros el miedo vivo de la muerte; y en este momento no solo creo que la filosofía no es prescindible, sino absolutamente necesaria si queremos lograr algún cambio en el mundo que nos espera después de esta pandemia.

Sé que esto puede parecer ridículo e incluso, para los conocedores del tema, aquellos que en serio hacen filosofía, trivial e inocente; pero la realidad es que, aunque la disciplina filosófica se vea ahogada por críticas y chistes hirientes, de una sociedad basada en la utilidad, por ser un campo de conocimiento “inexacto” o por tratarse únicamente de gente preocupada por el ser y no por las cuestiones importantes de nuestra actualidad como…la economía…supongo…Y bueno, para aquellos más especializados la filosofía trata cuestiones mucho más profundas y más aterrizadas que en realidad ayudan a la constitución de un mundo mejor.

Esto último es completamente valido y lo apoyo por el simple hecho de que la perspectiva que he visto se adopta en esos estudios más “serios” de la filosofía realmente podrían desembocar en un cambio de paradigma de nuestra visión del mundo, que de tanto egoísmo e incomprensión nos está extinguiendo. El problema es que este no es el momento adecuado para hacerse cargo de esas cuestiones. Yo soy fiel creyente de la sentencia que dice que la filosofía en su estado más puro es la única disciplina capaz de darnos una respuesta sobre el significado de nuestra existencia en el mundo. Y, aunque soy consciente de que las respuestas a esta pregunta han caído, a lo largo de un proceso histórico tortuoso, en el absurdo nihilismo de observar nuestra vida como una condena de libertad y una existencia fatal, creo que volver a los autores que nos entregaron sus reflexiones sobre la vida merecen una oportunidad en este lugar, que no es físico, que habitamos todos en este instante y que tan rodeado de muerte y desesperanza se encuentra.

Entonces, como Heidegger creo que es el momento de volvernos a preguntar qué significa “ser” y cuál es su relación con este tiempo, que, como todos los tiempos, nos lleva ineluctablemente hacia la muerte. Creo, como Camus, que debemos preguntarnos por el suicidio, porque es la única manera de poner en juego nuestra vida, que es todo lo que tenemos, que no es nada, para encontrar realmente cuál es nuestra razón de mantenernos de pie. Como Sartre soy un fiel seguidor de la libertad, no un adorador, un seguidor, me mantengo siempre a su disposición y comprendo que lo que ella me haga hacer es parte de mí, de mis responsabilidades reales, de mi existencia, y como tal cada acto constituye una representación de mí, de mi esencia y debo afrontarla únicamente a través de mi cuestionamiento sobre mí mismo. Como Nietzsche creo que el imperativo categórico debería ser el eterno retorno, esa capacidad de decir “si no estoy dispuesto a cometer esta acción por la eternidad no debo hacerla”. Como Kierkegaard, como Schopenhauer, como Aristóteles, como Diógenes, como Seneca, como Marco Aurelio, como todos los pensadores que nos preceden y que vieron que el mundo se dirigía a un lugar lamentable creo que es momento de hacernos cargo de nuestra existencia y que, quiéranlo o no, todos aquellos que se han enfrentado a la muerte en esta pandemia (que somos todos, directa o indirectamente) se han cuestionado, sin darse cuenta, cosas que ya se han explorado en el pasado y, aunque vivamos solos en el absurdo de la existencia, nada más grato, créanme, que el encontrar la resonancia del pensamiento pasado con la preocupación del hoy.   

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