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En pie de lucha

 Usualmente no escribo sobre la situación actual ni del mundo ni de mi país, no me gusta ser pretencioso, ni proponer soluciones que realmente no sé si funcionarían o no, mis preocupaciones suelen ser otra, más inútiles quizá, la literatura, el arte, las preocupaciones puramente intelectuales con las que se me han formado y que he decidido seguir en esta carrera que pretendo ejercer como escritor. Sin embargo, no puedo más. No puedo quedarme callado, no puedo cerrar los ojos e imaginarme mundos fantásticos para escapar de esta realidad, para darle a las mentes que me lean otros mundos en los cuales puedan refugiarse, esta vez no.

Estos días en los que Colombia se ha levantado a gritos para enfrentar balas, estos días en los que mi pueblo, la tierra que me crío, se desangra lentamente por una serie de intereses empresariales y corruptos; estos días en los que he visto cómo la indiferencia de las personas nubla el amor, la empatía y el deseo de vivir en un lugar mejor, no solo por uno mismo, sino por el bienestar de todos me han dejado un sinsabor que no puedo siquiera expresar, pero que todo el que lea esto y tenga un mínimo de humanidad en su corazón podrá entender.

Sin lugar a duda los problemas políticos han hecho que todo lo que habíamos pasado por alto saliera a flote como una nube de polvo debajo de alguna alfombra que cubría la miseria en la que vivimos y ahora que somos conscientes de nuestra condición es imposible seguir respirando tranquilos. Sé que muchos, incluso yo, tenemos miedo de lo que nos pueda ocurrir, la brutalidad policial, el control militar, las amenazas, el terrorismo de estado, todo nos da la sensación de tener las manos atadas, de estarnos enfrentando a un coloso con el palo de una escoba, pero esa no es la realidad y tenemos que mantenernos firmes con nuestras creencias y, sobre todo, con nuestras exigencias.

Nosotros no le debemos nada al estado, nos lo debemos a nosotros. Nosotros solo estamos pagando los platos rotos de una serie de decisiones pasadas que nunca nos correspondieron, nuestra lucha es con el futuro, que nos pertenece. Yo me niego a aceptar una dictadura, me niego a creer que las armas pueden callar la voz de un pueblo y, sobre todo, me niego a creer que Colombia es un país condenado al fracaso.

Siempre he pensado que nuestro país ha sido el terreno para contar la historia de otros lugares, y no se trata solo de Colombia, toda Latinoamérica ha sido el terreno de experimentación de las potencias mundiales del mundo antiguo y el actual. A nosotros nos robaron la historia, nuestro desarrollo fue cerrado por una conquista, primero europea y luego gringa, y con ello nuestro crecimiento como sociedad quedó limitado a los intereses de multinacionales, enfermos de poder y amos de la guerra. Me entristece pensar en eso y aún así guardo esperanza y mantengo firme mi pensamiento: nosotros, la generación que se está levantando en contra de todo ese pasado, podemos y debemos luchar por el futuro, por escribirlo con nuestras propias manos.

Y sé que para muchos especialistas sonará irrisorio, incluso inocente e idealista, esto que estoy diciendo, porque vivimos en un mundo irremediablemente globalizado, porque tenemos deudas, porque, aunque queramos hacernos cargo de nuestro territorio hacemos parte de una red de corrupción mundial. Sin embargo, mi intención no es que le demos la espalda al mundo, de hecho, ahora más que nunca es necesario que nos mostremos ante sus ojos, no como un país suplicante, sino como un país que no puede olvidar lo que nos han hecho.

Repito: debemos luchar por nuestro futuro. No porque sea in imperativo político, ni porque tengamos que derrocar la forma en la que está constituido el gobierno en este momento (aunque también tengamos que hacer eso); debemos luchar porque la gente que ha estado en las calles lo ha entregado todo, debemos luchar porque es inadmisible que un gobierno salga impune con constantes asesinatos, debemos luchar porque es ridículo que la sociedad mediática no sea capaz de denunciar las atrocidades que comete el estado, debemos luchar porque la gente que ha perdido su trabajo, su estudio, su hogar, por el capricho de poder de unos cuantos no merece quedar en el olvido por nuestra indiferencia.

Así que hoy, mañana y las veces que sea necesario, salgamos, marchemos, pero también pensemos en cómo unir a este país en una sola voz. Siendo honesto, sé lo difícil que es, y lo mucho que cuesta escuchar los argumentos de personas que creen que las vidas que se han perdido son insignificantes, se que es completamente intolerable escuchar a alguien decir que su vida está bien y no tiene que preocuparse por lo que ocurre en el país; pero querámoslo o no, esa gente vive con nosotros y es tan víctima de estas atrocidades como el resto, necesitamos unirlos también a ellos, de la forma que sea, desde que no sea violentamente, a esta lucha.

Ayudemos a que la información se expanda y tratemos de que nos escuchen, no solo la ONU, las organizaciones de derechos humanos, o los caudillos en los que depositamos nuestra fe. Tratemos de que nos escuchen nuestros conciudadanos, aunque no estemos de acuerdo con ellos, tratemos de convencerlos, de abrirles los ojos, no con un grito más fuerte, porque eso no nos haría diferentes al Estado, sino con las mejores herramientas que podamos disponer, el ejemplo, la educación, el amor, y si nada de eso funciona sigamos en pie por ellos y cambiemos las cosas hasta donde podamos.

Nos espero a todos en las próximas marchas y si alguno desfallece, si alguno no vuelve a su hogar, solo espero, de todo corazón, que quede como manifiesto que seguiremos en pie de lucha y que nada de esto es por un capricho, sino por una necesidad, necesidad que tristemente quieren suplir con una dictadura militar.

Ninguna causa debería ser equiparable con la muerte, pero ningún pueblo debe someter su dignidad por el miedo que le pueda infundir su gobierno.

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