La figura de Borges es tan enigmática, como importante, como cansada. Tanto se ha hablado de su obra que ya resulta casi imposible hacer una reseña o incluso un comentario sin que salte algún especialista a defenderlo o un detractor a destruirlo. En lo personal considero que la literatura borgiana es de una calidad inalcanzable para cualquier escritor y prueba de ello es, por supuesto, su maestría con cuentos como El Aleph, El milagro secreto, Pierre Menard, autor del Quijote o su famosísimo Jardín de los senderos que se bifurcan. En cuanto a su poesía prefiero no decir nada, tanto por desconocimiento como por el hastío que me genera el purismo de sus métricas.
Ahora, aunque he disfrutado con muchos de sus
laberintos y he leído y releído sus cuentos más notables, debo ser honesto.
Tanto en El informe de Brodie, como en Historia universal de la
infamia no encontré nada de ese Borges de ficciones impensables y
metafísicas imposibles que tanto suele fascinar a todo el que se acerca a su
obra. De hecho (y por pura coincidencia), en los días en los que leía estos dos
libros (que trato como uno en esta reseña por simple pereza de diferenciarlos
en dos textos distintos) leí también una de las famosas conversaciones que tuvo
Borges con Sábato y en ella decía Borges que aborrecía el cuento realista y en
general la literatura realista, que el prefería la ficción por encima de todo,
la fantasía. Luego uno abre este libro y se encuentra con una lista de
referencias al final para saber de dónde proviene cada relato, como si de un
ensayo se tratase.
Las historias gauchescas, las referencias a los
personajes infames que narra en su historia universal, incluso los
planteamientos sobre la naturaleza humana en su evangelio y en el informe
resultan empalagosas de tanto tinte de realidad. La contradicción es solo una
más que añadir a las tantas incongruencias entre la palabra hablada de Borges,
la referenciada por sus conocidos y la escrita (o dictada) por él mismo. Esto
me genera conflicto y me hace pensar que tal vez el gran autor argentino no sea
más que un autor argentino y que no se ha cometido ninguna injusticia al no otorgarle
un Nobel a su obra. De hecho, terminada la lectura de estos cuentos pienso en que
la injusticia es leerlo sesgados por esa figura que es Jorge Luis Borges.
En la misma conversación con Sábato hablan de grandes
influencias literarias, entre ellas: Kafka. De este se refieren a lo póstumo de
su obra y a cómo Kafka, en palabras de Borges, “nos dio con su vida el
personaje” (o algo así). Creo que Borges cumple un poco con la misma condición.
El escritor ciego que escribía y releía con su prodigiosa memoria; el erudito
de humor refinado; y, sobre todo, el hombre que guardaba dentro de sí el
misterio de ser Borges.
Creo que, haciendo una revisión de la literatura
borgiana (con solo mi memoria para ser justo), los libros del gigante argentino
son una mina que él dejaba para ser excavada. En cada cuento hay una o dos
frases que son sumamente preciosas. En cada libro hay un cuento que contiene
una mayor cantidad de esas frases y que en las manos de Borges termina siendo
una cátedra completa de cómo escribir un buen relato. En toda la obra borgiana
hay un libro que tiene una mayor cantidad de esos cuentos y que es, sin duda,
su obra maestra (aunque él hubiera preferido que se dijera algo así de su
poesía). Esa es la magia de Borges, adentrarse en un libro y pensar que tal vez
se trata de la ignorancia propia la que impide entender sus textos y después
encontrar un cuento que sí disfrutamos y sentirnos regocijados por conectar con
la mente de ese erudito de antaño.
Yo, en lo personal y después de haber terminado este
libro, creo que la culpa es y será siempre del autor. Sin embargo, creo que la
literatura borgiana es parte fundamental de este mundo artístico y siempre que
se le de una oportunidad aparecerá un algo como:
“Otra costumbre de la tribu son los poetas. A un
hombre se le ocurre ordenar seis o siete palabras, por lo general enigmáticas.
No puede contenerse y las dice a gritos, de pie, en el centro de un círculo que
forman, tendidos en la tierra, los hechiceros y la plebe. Si el poema no excita
no pasa nada; si las palabras del poeta los sobrecogen, todos se apartan de él,
en silencio, bajo el mandato de un horror sagrado (under a holy dread). Sienten
que lo ha tocado el espíritu; nadie hablará con él ni lo mirará, ni siquiera su
madre. Ya no es un hombre sino un dios y cualquiera puede matarlo”
—El informe de Brodie—
Lo que es precioso y eso no se puede negar. Si Borges
siempre hubiera escrito así habría sido más comprendido y, por lo tanto, no
habría sido Borges. Lo demás ya está escrito, las referencias de otros grandes
autores a su obra, los extensos estudios, los constantes desvelos tratando de
entenderlo pasaron, pasan y seguirán pasando. Es inevitable. Yo no recomiendo
(ni para mí mismo) comprar un libro de Borges (aunque sé que lo haré) sino
simplemente escarbar un poco en su bibliografía, tal vez un día que uno se
encuentre en una biblioteca y vea su nombre, y rogar porque la suerte encuentre
al lector y al escritor en un buen cuento. Si no pasa, si resulta engorroso,
simplemente se olvida a Borges y ya está.
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