No sé si sea la distancia entre las edades, o incluso entre las épocas. La verdad dudo que así sea. Pero me surge el interrogante porque años atrás cuando leía La tregua me sorprendí llorando con la fatalidad de Avellaneda y con el dolor de Martín. Esa novela, sin lugar a duda, marcó un antes y un después en mi vida como lector y por esa novela esperaba de este libro un mundo de sentimientos y crueldades poéticas mucho más profundas que los pequeños roces de belleza que experimenté.
Después de hacer una pequeña búsqueda encontré que El
mundo que respiro es posterior por casi cuarenta años a La tregua. O
sea que este poemario es en gran medida el último suspiro poético de su autor,
lo que se le había quedado en los huesos y no había encontrado una forma de
salir hasta que no llegó la serenidad de la vejez. Como él mismo dice casi al
final del libro:
después de todo hay que aceptar
que esta desolación ya no hace daño
más bien ayuda sin quererlo
a que la talla espiritual se pula
y hasta la soledad se vuelva amena
(…) ”
-Octogésimo-
Tal vez sea esa la razón de mi distanciamiento (más
bien resistencia) por aceptar lo sereno de su poesía en este libro. Recuerdo un
verso que decía: “todos llevamos…/ un borracho y un sabio” en el poema “Un
bufón y un ángel” y yo solo pensaba que una distinción tan tajante en un poema
no podía ser obra sino de un conservador demasiado cuerdo para ser llamado
poeta. Recuerdo que la sensación me duró demasiado y se tiñó de una rabia
indecible por categorizar la humanidad en dos bandos tan cercanos pretendiendo
que son opuestos.
Este tipo de pensamientos dominaron mi lectura todo el
tiempo, más allá de lo que pudiera hacerme sentir la poesía en sí misma; lo
cual, creo yo, habla bastante mal de este poemario. Su mesura exagerada me
impidió conectar con su tristeza, aunque hubiera versos que intentaran mostrar
esos dolores, como aquel que dice: “pero ella ya no es alma / es un almita/ que
yo abrazo en invierno / junto al fuego” en “Pobre de mi alma”.
Supongo yo que no es necesario decir nada más, pero
cabe hacer una salvedad, o tal vez dos. La primera es que desconozco totalmente
la razón de lo que me impide conectarme en un nivel poético con las palabras de
Benedetti, puede ser por mi visión actual del mundo, puede ser un desacierto
del autor o puede ser mi sencilla incapacidad intelectual y sensible. Por lo
tanto, no puedo ni recomendar ni censurar este libro con ninguna opinión que
valga la pena leer. La segunda salvedad es que aún con esas barreras entre
Benedetti y yo existieron momentos en los que disfruté la lectura y sonreí con
alguno de los juegos que el autor propuso en este libro. Un ejemplo es ese
poema (sin duda uno de mis favoritos del libro) titulado “Buenos muchachos” y
que empieza de forma genial así:
han sido redimidos por el humor del papa
también es de esperar que resuciten
y nos cuenten qué tal es eso
de pasar tanto tiempo en la nada
mientras el cosmos mata y se divierte
(…) ”
Poco más se puede decir de la poesía cuando se saca de
sus versos y se trata de entenderla. Ya lo dije, no lo recomiendo, pero tampoco
le he cerrado las puertas a este autor y no espero cerrárselas ante nadie que
pueda leer estas palabras. Un acierto y un desacierto. Por ahora, para mí,
Benedetti va en empate, es decir, aún no lo conozco.
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