Llevaba un buen tiempo sin leer algo de un tinte científico o siquiera académico y no puedo más que, primero, entregarle mis felicitaciones a la casualidad por encontrarme, en una librería cualquiera, con este libro: El firmamento del tiempo.
En general el libro consta de seis conferencias dictadas
por el antropólogo Loren Eiseley en la Universidad de Cincinnati en el otoño de
1959. En específico es una serie de discusiones que oscilan entre la divulgación
científica (por su transversalidad en las disciplinas) y lo que se podría
llamar ahora como un esbozo de la sociología de la ciencia. En la realidad se
trata de un constante rebotar entre dos preguntas: ¿Cómo llegaron las cosas que
son consideradas naturales a ser naturales? Y ¿en qué medida es natural aquello
que llamamos natural? (aunque a esta última pregunta esté dedicada por completo
la última conferencia de título homónimo)
Con títulos como: “cómo llegó el mundo a ser natural”
o “cómo llegó el hombre a ser natural” el autor no solo ataca la primera
pregunta, sino que también prepara el terreno para postular su propia visión
del mundo en cuanto al progreso científico y sus efectos en la vida. Ahora, en
cuanto a las temáticas de estas conferencias, aunque variadas, se mueven en los
mismos ejes todo el tiempo y se podría decir incluso que se mueve en un único
eje del que la mayoría podríamos estar hastiados, pero que en realidad nunca lo
hemos estudiado con suficiente detalle. En lo específico del libro se trata de
los cambios de los paradigmas científicos en la geología, la biología, la
física e incluso la filosofía alrededor de los siglos XVIII y XIX. En lo
general se trata de aquello que hemos conocido como: “el giro copernicano” y
que se ha dado, evidentemente, en todas las disciplinas científicas y en todos
los tiempos que ha recorrido la humanidad.
Sin embargo, el abordaje de este autor es
completamente diferente y pone en cuestión las cosas que, a mi parecer, son de
vital importancia cuestionarse cuando ocurren estos cambios en la ciencia. Por
un lado, el autor empieza su serie de conferencias poniéndonos en situación
haciendo una especie de etopeya del ser humano al decir:
“El hombre cree en la naturaleza visible e invisible.
Es a la vez pragmático y místico. Lo ha sido desde el principio, y es muy
probable que la condición de su intelecto inquisitivo y perceptivo lo determine
a permanecer así hasta el final”
Aludiendo al romanticismo de las personas que no puede
ser eludido ni siquiera por aquellas que han dedicado su vida a la exactitud de
la ciencia —si es que existe algo como eso— para después decir tajantemente que
nuestra creencia en las ciencias naturales no es más que nuestro temor a
aceptar la imposibilidad de comprenderlo todo. Así las cosas, empieza un
recorrido por las evidencias científicas que fueron destronando al hombre de su
lugar en el mundo como parte del perfecto plan divino, o como, en palabras del
autor, estos avances científicos despertaron “sospechas acerca del «mejor de los
mundos posibles», tan cómodo, que había sido específicamente creado para el
hombre”, refiriéndose, por supuesto, a la caída del optimismo filosófico que
había iniciado Leibniz.
Por otro lado, el autor no solo cita y referencia la
filosofía, la geología o los cambios que trajo consigo el mecanicismo de Newton
o la evolución de Darwin; sino que lo pone en contexto elaborando sus
argumentos a través de la mismísima sensibilidad humana con dos herramientas
que me parecen exactas. La primera es, por supuesto, su magnifica elaboración
literaria —gracias a su formación como poeta— que se evidencia sobre todo en la
última conferencia en pasajes como este:
“Ahora marchaba en silencio, esperando una señal. La
vi por fin: un lagarto verde en una piedra. Estábamos lejos, muy lejos en el
pasado. Movió hacia mí la cabeza con gesto inseguro, y por un momento tuve que
luchar contra el nostálgico impulso de llamarlo padre; pero vi muy pronto que
yo era un fantasma que lo turbaba y que él quería rogarme, aunque no tenía voz
para hablar, que siguiera mi marcha”
En el que simplemente está preparando el terreno para
llegar a la conclusión que se adivina desde las primeras páginas: lo natural es
simplemente “natural”.
La segunda herramienta son unos epígrafes que preparan
la sensibilidad literaria para conectar con la data científica que se avecina
en las siguientes páginas. La calidad de esta herramienta no es ni siquiera una
cuestión de sensiblería literaria, sino un acierto preciso que mengua la dificultad
del camino. Uno de estos pertenece a Sir Thomas Browne y reza de
la siguiente manera: “Be not under any Brutal Metempsychosis/while thou livest
and walkest about erectly/ under the scheme of Man”[1]. Este es el epígrafe para mi conferencia favorita: “¿en
qué medida es humano el hombre?” y termina de zanjar el camino que se ha venido
preparando en las cuatro conferencias anteriores con todas las reflexiones de su
autor y sus datos históricos.
Este camino del que he venido hablando tanto y que
resumí toscamente en la conclusión sobre lo natural es realmente mucho más amplio
y para nada reductible a unos cuantos renglones. Sin embargo, si tuviera que
dejar consigna de aquello que he entrevisto en lo retratado por este autor es
que la humanidad quedó despojado de sus certezas de una forma que incluso hoy
se niega a aceptar, que el egocentrismo del hombre ha significado el
impedimento de los verdaderos avances de la existencia y que, si hay algo que
no sea natural en el mundo, eso sería definitivamente esta raza a la que
pertenecemos.
Sin embargo, esa es mi lectura y, aunque lo sea, no
pretendo tampoco refugiarme en la crítica o el pesimismo. Una de las
referencias que más disfruté fue la mención a Kierkegaard y su noción del
futuro. Más allá de lo apesadumbrada que pueda ser la incertidumbre del
porvenir Eiseley, de la mano del existencialista danés, escribe de manera acertada:
“Es ahí [en la incertidumbre del conocimiento humano]
donde Kierkegaard entrevió lo eterno, el camino del corazón, el camino del
amor, que no es de hoy, sino de todo el viaje y que puede conducirnos hasta el
fin. A través de esto ؙ—pensó el filósofo— puede conquistarse el futuro.
Verdaderamente, así es. Porque el hombre puede crecer hasta llegar a los
cielos, pero sin esta luz no es nada, y su lugar en el mundo tampoco. Aunque
pretendamos negar la luz, sabemos que ella ha sido hecha para nosotros, y lo
que somos sin ella es algo carente de sentido”
Creo, entonces, que, a pesar de lo innatural del
hombre, a pesar del miedo hacia la incertidumbre y a pesar de nuestras ínfulas
de sabiduría, la raza humana, al igual que todas las especies de este planeta,
tiene un lugar en el mundo y la reyerta que libramos a diario con nuestra consciencia,
con nuestro ego, es la discusión entre si aceptar nuestra pequeñez y, en
consecuencia, nuestra posible deconstrucción, o luchar como hemos luchado
contra todo lo desconocido, quitándonos lo único que podemos tomar por cierto:
el amor y el no-saber.
[1] Que ninguna brutal
Metempsicosis/te domine mientras vivas y camines/erguido bajo el esquema del Hombre
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