Tengo que empezar a teclear antes de que se me agote la poca sensibilidad con la que me ha dejado Caicedo. No porque “que viva la música” sea sumamente oscura, pesada y desastrosa (aunque lo es) sino porque la lectura de esta novela ha sido una convulsión de esas que solo se pueden comparar a los orgasmos frenéticos que dejan el cuerpo hecho un despojo y la mente colgada en un tendedero lejos del lugar. No podría describir mejor la sensación que ocasionó en mí esta lectura.
Antes de acercarme al libro había escuchado ciertas
opiniones, leído algunos cuentos del autor y, por supuesto, me había llenado de
sesgos que Caicedo se encargó de derribar nada más empezar su novela. En las
clases de la universidad dedicadas a la historia de Colombia mencionaban
siempre este libro como una de las evidencias de la influencia del rock anglo
en la juventud de la década del 70, como si Andrés Caicedo hubiera querido
demostrar que ese era su tiempo y que no había otra manera de vivirlo. Entonces
yo pensaba que iba a encontrarme con una especie de novela histórica escrita a
tiempo real y lo que me encontré fue a una mujer abarrotada de soledad y euforia.
Las referencias musicales, los problemas mentales, las
drogas, el sexo, la rumba, el sol, las montañas, todo era siempre un reflejo
del anhelo de una persona que no encuentra ningún punto de partida en nada,
solo en la perdición que la hace vivir. Por supuesto, esto no va en contra de
lo que me decían en mi clase de historia, pero creo que el discurso de “la
influencia del rock anglo en la juventud” se queda demasiado corta a la hora de
expresar lo que es este libro.
Tampoco yo sabría expresarlo de manera completa (mucho
menos concreta) todo lo que me sale son ideas sueltas de recuerdos perdidos.
Como esas rumbas de desenfreno que se narran sabiendo que uno no se acuerda ni
de la mitad de lo que pasó. Más allá de la soledad, del dolor, del desamparo
que hace sentir este libro en cada renglón están sus personajes tan
prescindibles que solo reafirman esa sensación. Todos mueren. Todos se van. Todos
terminan perdidos en el caos que es María del Carmen, que es Caicedo, que es
Cali, que es Colombia, que es el mundo que sigue avanzando y llenando de vida
la poca vida que nos rodea.
Creo que solo puedo hablar de Caicedo por referencia
de otras lecturas. El diario del nadaista de Arango, los diarios de Pizarnik, La
náusea (¿qué tendrán los diarios?). En esas lecturas —y ahora añado a Que viva
la música— uno (yo) se siente completamente perdido en una mente que lo
entiende todo sin poder entrar en contacto con nada. La vida entonces se resume
en la mera ambición de querer unirse a la realidad o destruirlo todo; y ante la
incapacidad de poder derrumbar el mundo solo se puede derrumbar uno en sus
palabras.
No sé si tal vez sea yo quien tiene esta
predisposición hacia el fatalismo, puede que sea así. Cuando estaba hacia la
mitad del libro le decía a una amiga que la condenaba por no haberme obligado a
leer a Caicedo antes, por no insistirme lo suficiente para que yo accediera a
la belleza de su narrativa. Ella, además de disculparse por su falta de
perseverancia, me preguntaba qué era lo que me impresionaba tanto de lo que
hacía Caicedo con sus letras y yo solo podía recordar los gusanos de los brazos
que una vez penetrados por la aguja resultaban en ojos en la nuca, en agúzate
que te están velando, en Babalú, en Yemayá, en Richie Ray, en las rodillas de
negro que son las montañas que producen hongos, que producen muerte, que
producen perdición, que esconden el sol y lo acogen para que torture a los ojos
de tanto guayabo. Entonces le dije: “como esa escena en la que quiere ir a la
ventana y dice que se necesitan dos pasos, pero le tomó tres” y ella hizo una
expresión como de “¿por qué putas?” y la entiendo. Decir que uno necesita tres
pasos en lugar de dos no es impresionante, pero después de entrar en el mundo
de Caicedo uno sabe que esa frase es el preludio que anuncia todo lo que va a
pasar después, que uno alarga sus esfuerzos para llegar a la ventana y luego no
ver nada, que se va a llenar el aire de alientos pesados que harán que sean
tres, cuatro, cinco, seis pasos hasta que ya no haya pasos sino en la rumba que
nos mata y que nos mata tan rico.
Y bueno, más allá de la emoción que me produce tanto
dolor en un libro, está la realidad. Fuera de mi sensibilidad creo que no hay
nada que se pueda decir de este libro. Si me acojo en mi academismo diría que
la voz de la narradora es fastidiosa de tanto en tanto, que tanta oralidad
cansa y desconecta, que el final es predecible y que la música no vive tanto;
pero estaría mintiendo. Creo, como ser humano, que este libro no necesita ni le
sobra una palabra y que lejos de ser un documento histórico es una epilepsia
necesaria. El resto está en la música, en Caicedo y en la rumba que es vivir
tan poca rumba.
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