1984, Un mundo feliz y, ahora Fahrenheit 452. No puedo empezar esta reseña sin compararlas, sin pensar en ese sentimiento de perdición que se veía venir en la modernidad y que nosotros como mundo ignoramos. Hace unos años cuando leía Un mundo feliz me sentía completamente absorbido por el mundo de Huxley, por su soma, su fordismo, por todo lo que implicaba perseguir la felicidad y como él veía solo una manera para lograrlo. Algo similar me sucedió con 1984 hace un año quizás. Un sentimiento de pura perdición me abordaba cada que pasaba de página y me veía observando una realidad tan ajena a mí que me hacía dudar de la mía propia. En Fahrenheit me desligué de ese sentimiento.
Montag, como dice Bradbury en su posfacio, es quien
realmente escribe la novela, aunque el narrador sea omnisciente y los
personajes solo puedan hablar a través de su narración. Montag es quien pone el
sentimiento en la novela que, a mi parecer, es un sentimiento de esperanza, una
suerte de fe en el poder artístico que habita inherentemente en los humanos.
El mundo de Bradbury, como sabemos, es un mundo en el
que la literatura está prohibida y los bomberos son los encargados de destruir
los últimos rastros de ese mundo artístico que aun existe en los suburbios.
Según eso uno esperaría que nadie se interese por la lectura si no viene del
pasado en el que aun existían los libros como parte de lo cotidiano. Pero Bradbury
cree que, por alguna suerte de arquetipo del tipo de Jung, existe en los
hombres un llamado a esa belleza que solo existe en el arte. Montag es la
prueba de ello y por esa contradicción interna que surge en el personaje entre
ser un bombero y querer descubrir la literatura esta distopia es completamente
diferente a las otras.
Creo que Bradbury, como Montag, es un romántico
incurable, alguien con demasiada fe en la humanidad y, sobre todo, en el arte.
A pesar de toda la crítica política; de los diálogos de Beatty (el capitán de
Montag) en los que explica cómo el mundo no puede ser feliz si alguien sabe más
que el otro, o si las creencias son divergentes, o si se abraza la desdicha de
un buen poema; a pesar de las irrealidad de la familia de las pantallas, del
control mediático e incluso de los cambios arquitectónicos que se efectúan en
la novela para que la gente no pueda tener siquiera un espacio mínimo para
pensar y disfrutar de la vida en compañía del otro, Fahrneheit 451 es un libro
sumamente esperanzado y de un tono de completa intimidad con la mente del
protagonista.
Cuando Montag está debatiéndose entre su deseo de abrazar
ese deseo de sumergirse en el mundo literario y seguir viviendo como un bombero
el dolor de la contradicción se siente internamente. Como esos momentos en los
que uno quisiera pertenecer a un mundo en el que todos conviven de manera regular,
pero a uno lo hala una fuerza hacía un lugar deshabitado, pero de indecible
belleza. Este tipo de sensaciones son las que ponen a Fahrenheit muy por encima
de las otras distopias que he leído.
Quizá mi reacción se deba a frases como: “Al fin y al
cabo, cuando teníamos todos los libros, nos pasábamos el tiempo
eligiendo los acantilados más altos para tirarnos de cabeza”, porque para mí
resulta evidente que el mundo se sigue rigiendo por ese principio de ignorar la
irrealidad de la literatura para poder vivir gustosamente en la irrealidad del
mundo. Para mí es tan necesario como para Montag entender lo que hay dentro de esas
páginas olvidadas y, sobre todo, entender por qué nadie quiere entenderlas.
Soy, quizás, otro de esos románticos incurables; pero con novelas como esta no
me siento tan desamparado como su protagonista.
Recalco entonces nuevamente la esperanza de Bradbury
que resumo parafraseando una idea de uno de los últimos personajes que aparece
en la novela: podemos quemar todos los libros, pero siempre nos podemos habitar
desde la literatura. El resto, lo que queda del mundo en todas las distopias,
es irrelevante, doloroso y sumamente devastador al quitar el libro de los ojos
y ver que todo se dirige ineluctablemente hacia allá; pero creo en la fe de
Bradbury, que es la de Montag, que es la mía: comprender y construir.
No me puedo ir sin dejar en claro que es una de mis
novelas favoritas hasta el momento y que si un día llegase a desaparecer seré
el primero en recordar cada renglón para que no se pierda de este mundo. Salvar
el arte y así salvar la humanidad, esa es la mejor idea que me pudo ser
entregada, eso es Fahrenheit 451.
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