Recuerdo haber leído alguna vez que Borges decía sobre las novelas que cumplían el mismo propósito del cuento, pero con un montón de detalles prescindibles que solo ayudaban a la extensión del argumento mas no a su riqueza. No sé si Borges haya realmente pronunciado esas palabras, pero, de haberlas pronunciado, estoy seguro de que nunca se acercó a un libro como El péndulo de Foucault.
Realmente me encantaría escribir una reseña que fuera
una mínima parte del mundo que plantea Eco en esta novela, pero no tengo ni el
conocimiento ni el talento para hacerlo. Sería imposible resumir la información
de esas páginas en un par de páginas, para lograr hacer justicia a lo que contiene
este libro habría que escribir un libro de la misma magnitud. No hay manera de
hacerlo. Empezando por la difícil situación a la que se impone el lector desde
el inicio del texto, no bien han pasado diez páginas y uno ya se ha enfrentado
a un voyerismo oscuro en medio del conservatoire de París en el que uno observa
a templarios, enemigos y obras de arte por entre las vigas de la torre Eiffel.
Uno toma este libro y apenas empieza la lectura ya no sabe donde está, no solo
físicamente, sino mentalmente también. Eco se encarga de eliminar cualquier
rastro de posible verdad para después empezar la historia. El problema es que
no hay una historia.
Mientras hacía la lectura (dos largos meses, debo
decir) leía otras cosas de paso, algún relato corto o un ensayo, y también, por
supuesto, estudios del libro y documentos que se mencionaban en la lectura.
Haciendo eso me di cuenta de dos cosas. Primero, la gente que habla de este
libro hace una sinopsis de una historia lineal en la que unos editores están aburridos
con la vida y diseñan un plan que los termina consumiendo. Nada más falso.
Segundo, que, como dice Diotallevi “estamos acá para buscar conexiones”.
Parecerá irreal (y quizás lo sea) pero, entre más
avanzaba en la lectura, más conexiones se generaban en la realidad con la
ficción que me consumía, como si yo fuera parte de ese equipo editorial y en la
esquina fuera a encontrarme a un rosacruz que me iba a sacrificar por
portar un secreto que yo no tenía idea que portaba.
Cada que pasaban estos pensamientos por mi mente me
reía de mi propensión a las conspiraciones y me relajaba un rato. Después
tomaba el libro de nuevo y cuando menos me daba cuenta tenía en mis manos un
file de la Abulafia que me había dejado Belbo a mí porque solo yo podría
entenderlo, ni siquiera Casaubon. El personaje principal era solo un medio que
Belbo había encontrado para entregarme su mensaje. Umberto Eco no existía, el
péndulo era lo único real, el umbilicus mundi que nos estaba esperando desde
hacía tantos años era lo único en lo que podía creer. Durante estos dos meses
el único mundo que pude habitar fue el de las cloacas, aunque viera a diario la
luz del sol. Eso es este libro, un mundo subterráneo que solo conoce fondos,
pero no salidas.
Cualquiera que lea esta reseña me dirá las mismas
palabras que le dijo el doctor Weber a Casaubon cuando buscaba salvación: “Monsieur,
vous êtes fou” y
no podría reprochar a nadie esa respuesta. La reseña estaría completada, nadie
me creería y en un par de meses desaparecería (tal vez en otro libro) inundado
en las conexiones que creamos a diario para abrazar una verdad, o, mejor dicho,
un secreto. Solo quien lea esta obra me dirá que no estoy loco, que es real,
que Minnie Mouse es la razón por la que los druidas veneraban a las vírgenes negras,
de lo que se sigue que Simón el Mago reconoce a Sophia en una prostituta de
Tiro. Los templarios siempre están por en medio. Es tan evidente que da pena
escribirlo.
Por eso creo que más allá de la historia, de las Sefirot, de los rosacruces, de los templarios, de la novia del ratón Mickey y
las listas del mercado; este libro es un sollozo constante de un hombre que
nunca pudo decir que no, hasta que su orgullo fue más grande que su vida y murió.
Este libro, más allá de ser una sátira, una crítica o un mundo ficticio; es el
refugio de mil tormentos imprescindibles para la historia de cualquier hombre
que a falta de valentía entrega su aliento por una historia, que no es otra
cosa que lo único tangible en la vida: su imaginación.
Como diría Casaubon: la única verdad de la vida reside
en la sabiduría de Malkut, la única de las Sefirot que brilla por su
conocimiento en la oscuridad plena, en esa plenitud que es haberlo comprendido
todo, incluso el hecho de que la única plenitud verdadera radica en el no ser,
ese instante de transformación en el que un hombre muere para volver a empezar
todo el tortuoso movimiento del péndulo, aunque sea su cabeza el peso que
genera la oscilación.
Poco más me queda por decir, me retiro a no ser,
porque he sabido mucho con estas páginas y es necesario volver a empezar.
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