Vi Mugre rosa en las noticias literarias. Recordé a mi maestra y sus consejos; recordé esa reunión en la que hablaría de su próximo proyecto, esa reunión a la que no asistí…
Vi reseñas, entrevistas. Dijeron: distopía, bruja,
profecía. Vi comentarios, citas. Dijeron: poesía, belleza, perturbadora.
Ayer vi Mugre rosa en mis manos, sentí sus
páginas, dejé que se me cayera la piel y volví a ese salón de clases en el que
conocí a Fernanda Trías. Hoy escribo estas páginas después de un día de
completa obsesión con la nueva novela de la autora que hace un tiempo fue mi
maestra.
No puedo (como tampoco puede hacerlo la novela) partir
de un punto específico, mi lectura de Mugre rosa comenzó quizá hace poco
más de dos años, cuando la novela apenas estaba pasando a imprenta, en ese
salón de clases del edificio Z en el que Fernanda nos presentaría el programa
de su taller de escritura. Recuerdo sus primeras palabras, su obsesión con la
memoria, su manera de hacer que nos presentáramos para generar un ambiente de
confianza y discusión literaria. En ese momento, sin saberlo, estaba leyendo
las primeras páginas que retratarían esos objetos indistinguibles que están detrás
de la niebla de la memoria.
Quizá no empezó ahí, tal vez fue unos meses después
cuando veía en los ojos de Fernanda el brillo de la admiración artística por
los Apegos feroces de Vivian Gornick. O incluso después, cuando derretíamos
con discusiones vehementes al Hombre de hielo de Alicia Kopf. Quizás en
ese momento ya estaba conociendo a Mauro, el niño oculto detrás de una
enfermedad atroz; quizás en esas clases ya se susurraba sin pensar el nombre de
Leonor, la madre consumida por los rencores y las terquedades de una edad que
avanza solo para abandonar.
Seguramente mi lectura empezó mucho después (porque la
memoria se tarda en procesar todas sus vivencias), este año, cuando empecé a
ver en el perfil de Instagram de Fernanda las entrevistas, los premios, las
menciones, las felicitaciones y los constantes comentarios sobre la novela. Ese
debió ser mi falso inicio que, como el de la novela, posibilitó todo lo que
vino después.
Las descargas de los otros libros de Fernanda en
páginas recónditas de internet que me recordaban a esas clases en las que no
podíamos conseguir las lecturas para el taller por nuestra economía estudiantil
y yo las rebuscaba y las encontraba en lo más profundo de la web. Los renglones
que leí de La azotea, las ideas que me quedaron de La ciudad
invencible, todo era una preparación para ese momento en el que mis ínfulas
literarias se tambalearían como el mundo ese día en la última visita a Max. Sin
referencias: como ese temblor que uno solo puede rastrear con la memoria después
de que todo ha cambiado.
Cuando abrí el libro, de cierto modo ya sabía de qué
se trataba, lo había leído mil veces: “Trías ha hecho una distopía clásica, una
experiencia vital, una metáfora poderosísima”. Sabía que me esperaba un mundo
pandémico, sabía que me esperaba la soledad y sabía que me esperaba un formato
experimental porque también lo había leído de la voz de la autora: “a mí lo que
me interesa es el mestizaje”. Pero, por más que estuviera preparado para todo
eso, la primera página, el primer poema, me desarmó.
No tengo, como ya dije, manera de iniciar esta reseña.
No tengo manera de contar de forma lineal lo que ocurre, porque no ocurre en un
plano real, ni siquiera en el plano de la ficción, ocurre en el plano de una
memoria que escribe para no perder la cabeza porque el borde de la mente es el
olvido. Si este libro es algo sería un constante empujar de los recuerdos hacia
un abismo. Si hay una temática es la fatalidad. Las emociones que matizan el
libro son todas de resignación, la única felicidad que existe es una felicidad
animal (quizás la única posible en todo caso), todo lo demás es llanto y hastío.
No tengo como hablar de esta novela si no es a través
de mi memoria, de esa voz que me enseñó los primeros trazos de mis cuentos, de
esa uruguaya empedernida en explorar la memoria y sus abismos cuando yo solo
quería entregarme al olvido. Por eso no pude soltar este libro desde que lo
empecé hasta que terminé la última página, porque en él tenía una memoria tan
dolorosa que era profundamente real, como esa cama que una vez vacía atenaza
las entrañas, pero nunca deja de calentar al cuerpo.
Lo único que sí puedo decir de Mugre rosa son
formalismos. Sus poesías a dos voces, sus licencias poéticas, sus ideas agudas,
su documentación, sus detalles nimios que de lo pequeños crean la verosimilitud
del relato. Sus relaciones ocultas entre pasajes y capítulos (relaciones que
veía tal vez un poco influenciado por mi última lectura) que le dan más peso a
cada uno de los actos de los personajes. Todo maravillosamente trabajado, pero
a mí los formalismos no me importan.
Lo que me importa es lo que está detrás, esa
sensibilidad oculta que uno puede sentir, pero no expresar. Se me ocurre solo
una manera de explicarlo: esta novela es el rostro de la protagonista. Un
rostro que nunca se describe, pero si se retrata; un rostro que por fuera vive,
sonríe, escucha y cede, mientras por dentro cuenta, mide su respiración y
saborea la sangre de sus encías. Esta novela es eso, un retrato de un mundo,
una profecía si se quiere mantener el esoterismo, un simple retrato de lo que
ocurriría en un mundo como el que nos tocó vivir; y, detrás de eso, está ese
sabor ferroso, ese conteo metálico de segundos que tratan de apaciguar a los
pulmones, ese montón de sinsentidos, de esfuerzos hercúleos, por un mañana que
nunca va a llegar.
Yo no sé si Mugre rosa será un clásico de las
próximas generaciones, pero sí sé que el mundo que espera ahí fuera, la
pandemia, la política, las relaciones, son solo un pinchazo en la piel; la
verdadera hoguera está en el interior, en la memoria, ese fragmento de la mente
que transforma un hueco en un vacío y al vacío en el infinito; y, como dice
Fernanda: “se habían salvado de convertirse en mugre rosa, pero no se habían
salvado del fuego. Así jugaba el destino”.
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