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Hojas de Parra - Nicanor Parra

He estado leyendo poesía últimamente. Poesía verdadera, de esa que pasa; poesía de vanguardias, de esa que promete; poesía de poesía, de esa que no es poesía. He leído en los últimos días tantos versos inagotables que ya mis ojos están cansados de suspirar y me he prometido tantas veces que voy a dar una tregua a mis sentimientos que he optado por aprenderme los poemas para no tener que volver a torturarme con su lectura, sino solo con su recuerdo, que al final, como todo recuerdo, termina por olvidarse. He estado leyendo a Nicanor Parra.

Vi, hace un par de años, una entrevista en la que estaba Arreola con Borges y otros grandes intelectuales de la época. En un momento el entrevistador les pregunta a todos: “y, para ustedes ¿qué es la poesía?” a lo que Arreola responde: “muy bien que lo propongas, porque, en realidad todo lo que importa y vale en este mundo, es decir, lo que legitima nuestra condición de hombres, es lo poético; sea en palabra, sea en artes plásticas, sea en actitudes humanas.” Y luego finaliza diciendo: “la poesía es la posibilidad de ser real del hombre, su posibilidad de crear”. Creía desde entonces (y en cierto modo aun creo) que la poesía era esa posibilidad oculta del lenguaje de crear algo bello de todo lo inexpresable de la vida.

Cuando empecé a leer Hojas de Parra no sabía si lo que estaba leyendo era un poema, una sátira o un montón de experimentos de un loco que había llegado a la cima del mundo literario por mero azar. Cuando vi sus cuatro sonetos del apocalipsis pensé: “esto ya es el colmo”, cuatro sonetos escritos con cruces, sin ninguna letra, solo cuartetos y tercetos de cruces endecasílabas (supongo yo) ¿y el poema? Quién sabe.

Estuve a punto de desistir, de convencerme que yo no era un lector para la poesía o que en realidad los poetas son una leyenda que nunca podré corroborar (y quizás lo sean); pero llegaron poemas de esos que no se pueden contar, sino vivir. En medio de todas las vicisitudes de la vida Parra lograba sacar una burla proletaria, una crítica social, un arrebato de sus sentimientos y naturalizarla al punto de convertirla en un verso memorable. El primer poema que me atrapó del libro fue “los profesores”, ese poema que habla de esa educación que parece nunca va a evolucionar en pro de la vida o la humanidad, esa educación que lleva pasando sin decir nada, sin enseñar nada para la vida, repitiendo esa fórmula, esa fecha, esos libros

                        “…

                        Y mientras tanto la Primera Guerra Mundial

                        y mientras tanto la Segunda Guerra Mundial

                        La adolescencia al fondo del patio

                        La juventud debajo de la mesa

                        La madurez que no se conoció

                        La vejez con sus alas de insecto.”  

Luego vino su “Nota sobre las lecciones de antipoesía”, su Premio Nóbel de la lectura, su “Proyecto de tren instantáneo entre Santiago y Puerto Montt” y lloré con Parra porque olvidé que era antipoeta o “Algo por el estilo”. Con cada poema (o antipoema) descubrí una nueva sensibilidad de la palabra y no esa sensibilidad forzada de los barroquismos excesivos, sino una sensibilidad sencilla, de palabras callejeras que expresan mejor la humanidad que esas rimbombancias inútiles de aquellos que tienen que hablar mucho para no decir nada, como yo en este texto.

En realidad, quisiera transcribir sus poemas y explicar cada verso desde mí, pero “las poesías no las lee nadie / da lo mismo que sean buenas o malas”. En realidad, si tuviera alguna clase de talento poético le escribiría a este libro un poema a modo de reseña; pero yo no entiendo ni de métrica, ni de vida, ni de muerte, mucho menos de poesía. Creo, sin embargo, que Parra es de los mejores poetas que he leído, aunque no sepa ya qué es la poesía.

Tal vez, como dijo Arreola, sea “la capacidad de ser real del hombre”; tal vez la poesía sean las actitudes humanas, las experiencias sublimes, los abrazos de la muerte y las protestas más vehementes. Tal vez sí haya antipoesía que “busca la poesía, no la elocuencia”. Yo, realmente, al contrario de lo que me pasa con los otros libros que reseño, mientras leía a Parra no podía pensar en lo que podía decir de su poesía, sino solo en lo que él podía hacer con la palabra. Creo que la poesía (o la antipoesía) es sencillamente eso: la palabra desnudada por una mano hábil que nos la presenta con gracia, con dolor, o, para usar el cliché, con pureza.

No puedo decir que recomiendo este libro, como no puedo condenarlo. A mí este libro me llegó por una serie de casualidades que se fueron conectando hasta hacerme llegar a la caja de una librería con este libro bajo el brazo. Creo que este autor no es un autor que uno escoja, sino que llega escondido entre las esquinas de las calles recorridas, en los grafitis que se confunden con los de acción poética, en los versos que leímos en algún cuaderno olvidado. No puedo recomendar este libro porque algo de él no me convence en absoluto, como al autor:

                        ALGO NO ME CONVENCE EN ABSOLUTO

                        la doctrina del arte por el arte

                        la conjetura de Doménico Soto

                        hijo de un jardinero de Sevilla

                        la dictadura del proletariado

                        la paradoja hidrostática

                        los funerales de Su Santidad

                        y la colita minúscula del elefante”

Y la poesía de Nicanor Parra…

   

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