Vengo de un campo de batalla olvidado en el que la canícula exalta el olor a podrido de los caídos y la sangre, viscosa, aletarga los sentidos. Vengo de un lugar en el que ustedes construirían (y de hecho lo hicieron) un templo sacro para vomitar sus adoraciones y llorar sobre los mártires que nunca comprenderán, porque una cosa es ver la injusticia de la muerte y otra estar dispuesto a recibir la bala. Vengo de la lanza de la vanguardia que, dispuesta a sacrificar su filo por herir al enemigo, murió, no en manos de su adversario, sino apuñalada por la retaguardia. Vengo de la antología: Poéticas de las vanguardias históricas de marenostrum.
La mención al libro es una mera formalidad que trata
de mantener un formato.
He estado pensando, desde que empecé a recorrer los
manifiestos que publicaron los vanguardistas en su tiempo desde Breton a
Huidobro, pasando por Pessoa, Apollinaire y hasta el mismísimo Borges, que el
arte ha dejado de existir. La vanguardia nos guio con sus “héroes” a la guerra,
la retaguardia (los restos teóricos) fue a morir en el campo siguiendo el
destino que le provocaron a sus ídolos. El arte ha muerto. Los artistas han
muerto. Solo ha quedado el concepto disfrazado de sublimidad con elucubraciones
complejísimas que pretenden enaltecer a los románticos que extrañan la
adrenalina de la batalla. Mientras tanto el arte va rodeado de una procesión
inexistente; ignorado. Al interior de los edificios se aplaude al concepto, a
la incomprensión. La procesión sigue avanzando en su solemnidad.
La vanguardia libertó el pensamiento, creó múltiples
poetas en un hombre, condenó el orden social, denunció países, transformó la
velocidad de los automóviles en motores para propulsar su pluma y convertirla
en bala. La vanguardia rompió (o trató de romper) las cadenas que esclavizaban
al hombre a la guerra y al miedo. La vanguardia arremetió incluso en contra de
la propia vanguardia y hubo que poner una s al final para distinguir entre tal
o cual -ismo. Al final se agotaron las luchas, sin saber nunca quién había
triunfado. La vanguardia destruyó para poder crear. Destruyó la métrica, la
sintaxis, la técnica, el yo, los sentimentalismos, la metáfora, los adjetivos.
Cumplió su objetivo fundamental, quemar el frente de batalla, dar la vida para
que la retaguardia conquiste, mirar solo al frente, avanzar siempre primero
porque alguien habrá de seguirle. Nadie le siguió.
De los escombros que quedaron se robaron hasta el
polvo los sobrevivientes y lo cargaron con orgullo como si fueran los cimientos
del único y verdadero edificio del conocimiento. Los hombres libres que
erigieron ese edificio no supieron qué hacer ante la libertad y solo pusieron
sus firmas y menciones honorificas alrededor del lugar para que la prensa
monumentara el trabajo hecho. Así fue.
Hoy no existe vanguardia. Las grandes mentes que se
atrevieron a abrir un campo para el arte fueron traicionadas. La retaguardia
tampoco tuvo la culpa, fueron sus circunstancias, estaban demasiado vivos para
darse cuenta de que lapidaban aquello por lo que luchaban en principio. La
fuerza de combate se acabó cuando el enemigo dijo: “¿quieren ser reaccionarios?
Pues ya no tienen contra qué reaccionar”. Entonces vinieron los focos, las
adulaciones, el endiosamiento del artista (tanto el del pasado como el del presente),
las estatuas, los relojes derretidos producidos a tiempo de relojes digitales,
los trigales inmortalizados, los flujos incesantes de conciencia, el completo
descontrol sobre el lenguaje.
Hoy no existe la vanguardia. Hoy no existe el arte.
Hoy no existen los artistas. Hoy existe solo la libertad que nos fue entregada.
Libertad que nos negó toda posibilidad de no ser. Hay que renunciar a la
libertad, encarcelarse y luego romper la celda a cabezazos. Solo de esa sangre
renacerá el arte.
Para los románticos que extrañan la teoría y las
guerras, acá está su manifiesto: entiérrense, esa será la mejor cárcel.
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