Siempre he sido fiel creyente de que la literatura (y el arte en general) es un mero reflejo de obsesiones humanas reprimidas por alguna clase de moral anticuada. De allí que esté de acuerdo, aunque me duela admitirlo, con la sentencia de ese intelectual que dijo que ya todas las historias que se podían contar en los libros habían sido contadas. Da igual si la historia se lleva a cabo en la Antigua Grecia, en los Estados unidos o en algún cabildo criollo; la humanidad siempre se va a ver reducida a su ignorancia y su miedo. Todo lo que sea llamado “originalidad” no es más que una casualidad temporal o, mejor dicho: un accidente azaroso que convierte a la persona en vidente y al vidente en profeta.
El libro del que acabo de salir no es original porque
le precede una gigantesca Lolita en la historia y porque en mi experiencia
personal su argumento se encontraba ya contenido en el corregimiento de
Desolación, aunque este llegase a crucificar su virgen años después de que
Sierva María viera la luz de sus tinieblas.
Puede que el lector ávido me califique de insurrecto
por la inexactitud de mis comparaciones, porque Humbert Humbert no tiene nada
que ver con Cayetano, así como la bondad de Angélica no es comparable al temor
de María Mandinga; sin embargo, ni lo uno ni lo otro son la razón de mi
comparación. Del amor y otros demonios es una síntesis accidental entre
el amor desaforado y prohibido y el desgraciado abandono de la realidad criolla;
es decir: no es nada.
Un autor colombiano (el más grande que ha visto esta
tierra al parecer) es llamado a un cementerio y encuentra un cadáver de Rapunzel,
pierde los estribos ante su ignorancia y escribe un reportaje; luego, nace la
novela. Su maestría del género en el que es indiscutible general transporta al
lector a un andamiaje de relaciones y desengaños que apestan a podredumbre y
miseria espiritual. De este hedor cristiano nace una niña que, amén de su
nacimiento, es condenada al exilio por la irritación que genera en los muertos
ver la luz de la vida. Criada en una cultura fuera de su supuesta cultura es
convertida en demonio y juzgada por su supuesto hogar original. ¿y la historia?
El amor que no aparece en ningún renglón más que por su ausencia y su malentendimiento.
No tengo nada más que decir de este libro, al final el
argumento es tan simple que resulta siendo enternecedor, hasta que uno abre la
ventana, ve que no hay túneles escondidos, ni caballos que vivan cien años, ni
cabelleras que no dejen de crecer después de la muerte; entonces uno se sacude
los restos de esa prosa mágica como quien se sacude las boronas del pan después
de las onces y ve el libro tal cual es: una gran técnica cincelando la misma
piedra que se ha cincelado desde antes que existieran escultores.
Vendrá algún defensor a recitarme versículos y
sonetos, o quizás algún buen cristiano me haga morderme las manos para envenenarme
con mis indecencias literarias y lo haré; al fin y al cabo, será siempre mejor
destino que vivir este mundo que ve al amor como un demonio.
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