Entiendo, al mismo tiempo que ignoro, la importancia
que tiene la novela que cierro en este instante. Recuerdo, al navegar sus
líneas (porque este libro no tiene renglones, sino un olor insoportable de
soledad naufraga), la psicología enferma de la inocencia adolescente y la
clarividencia. Una suerte de Lolita aristócrata y nadaísta se dibuja en las
lágrimas de un recuerdo que narra sus desdichas para despojarse de sí mismo y
poder dormir tranquilamente en los vapores del amor y la temperancia. El
recuerdo no lo logra, pues su naturaleza es la de volver activamente a los
pasados que ya no le pertenecen (nunca le pertenecieron); entonces: la
pesadilla, los despertares agitados y el cielo gris del invierno que tiñe
incluso las costas primaverales; buenos días, Tristeza.
La novela, en términos generales, es una estructura
narrativa que pretende capturar la verdad con la única herramienta que tiene el
ser humano para la clarividencia: la creación; esta novela, sin embargo, es la
voz de una joven que quiere capturar esa verdad única de la literatura en su
propia realidad. Como autora de su universo, Sagan dispone el lugar, los
personajes y la trama en una tarima teatral, untando de melodrama cada mínimo
cambio que se presenta en la historia y proyectando, inocentemente, una
solución infalible a los problemas que la psique ha encontrado en la calma
insoportable del agua asentada en la paz. El final es obvio: los personajes son
personas.
Sin embargo, encuentro en la simplicidad de su
lenguaje un gusto, hasta ahora oculto, por la naturalidad con la que se
desarrolla un abismo después de un cambio tan sencillo como inexplicable. Entiendo
ahora, con otra gravedad, aquella sentencia existencialista de que estamos
condenados a nuestra libertad, arrojados al mundo con la obligación de decidir
y ver a nuestras decisiones, ya fuera de nosotros, tomar su propio rumbo de
destrucción para obligarnos a tomar de las riendas a las fieras-veleidades del
amor (que es solo otro nombre de la libertad) que nuestra propia consciencia ha
liberado.
¿qué es aquello amado en Bonjour tirstesse
entonces? No es Ana, no es Ramiro, no es Cecilia ni Elsa, tampoco el mar o el
futuro, ni siquiera se ama el presente; todo lo que es digno de amor en las
páginas de este libro es el pasado, ese astro lejano que vemos iluminar las
noches de desesperanza, sexo y silencio; aunque sepamos que ya ha muerto,
aunque sepamos que esa luz que nos llega es un susurro lejano de algo que ya no
existe. Las páginas de esta novela son entonces una avalancha de la que se huye
a trote hacia el refugio solo para llegar al refugio y extrañar la adrenalina
de la muerte que tan vivos nos hacía sentir. Solo que acá no hay vida ni
muerte; sino libertad, libertinaje y soledad.
“Es curioso cómo la fatalidad escoge, para que la representen,
rostros indignos o mediocres. Aquel verano escogió el de Elsa”
En esta novela escogió el de Sagan y, como su rostro
es el de la narradora de dieciséis años, vale más decir que escogió su pluma,
aunque sea lo mismo. La letra que brotaba libre en el dulce almíbar del jugo de
la naranja con un sorbo de negro café se fue convirtiendo lentamente en un
hambre feroz de existencia; el espíritu voraz de la rebelión, una vez menguado
por la prolijidad de la calma productiva e utilitaria, convirtió en úlcera la
sed intelectiva dándole paso a la herejía de crear. Puesta esta disposición
especifica y fatal del espíritu queda únicamente la triste contemplación de un
mundo que se desarrolla con total naturalidad expulsando así a la autora de su
rumbo; entre las olas de la historia queda solo el susurro de una espectadora
que, a falta de disposición vital para el mundo que se le presenta, solo puede
narrar lo que ocurre y tratar de utilizar su potente arsenal imaginativo para
crear una realidad fantástica de la que saldrá bien lograda; pero la realidad
es siempre ineluctable y aquello que es una promesa de vida, en la soledad y el
rencor, es la chispa adecuada para la catástrofe.
La autora (más exacto es decir su miedo) sabe de esta
fatalidad, pero la terquedad de los destellos de genialidad enceguece a
cualquiera. ¿Intenta luchar con su pluma y contra sus personajes para evitar el
desastre? Sí, pero una vez puestos en palabras de tan esperanzadora nostalgia
los personajes adquieren consciencia de sí mismos, fe en su fuerza y deseos
propios.
“—¿De
qué te ríes? ¿Crees que he de ir?
…
—No
sé, Elsa, esto depende de ti; no me estés preguntando siempre lo que has de
hacer, como si todo dependiera de mí”
Consecuencias inevitables de dar rienda suelta las
alas de un fénix en un trigal áspero y seco. Ante el incendio no hay domador
que valga ni mar que ahogue las cenizas de aquel capricho de perpetuidad que da
el amor. Un nuevo error, humano como todos, remediable por la naturaleza de su
génesis: las palabras. Y, sin embargo, insalvable por la misma causa.
Un carro abandona el escenario y se pierde tras un telón de tinta que busca construir un puente con ese mundo que ahora, a fuerza de ausencia, es el pasado; pero ya no hay destinatario, la realidad siempre encuentra su victoria. En un último gesto de romanticismo se navega sobre los sueños, porque no se puede llamar intento a la carta que nunca fue leída, y se destapa el vino para mirar el cielo estrellado en un abismo que aun emana el humo-evidencia de su riesgo. La vida continúa, Sísifo vuelve a tomar su piedra porque no aguanta su liviandad, perdida la esperanza vuelve la vitalidad destructiva del libertinaje; el amor y la soledad son incompatibles. La crudeza de esta verdad se posa suavemente en la ventana del sueño de mañana en mañana, las palabras han vencido, Buenos días, Querida.
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