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Bonjour Tristesse - François Sagan

Entiendo, al mismo tiempo que ignoro, la importancia que tiene la novela que cierro en este instante. Recuerdo, al navegar sus líneas (porque este libro no tiene renglones, sino un olor insoportable de soledad naufraga), la psicología enferma de la inocencia adolescente y la clarividencia. Una suerte de Lolita aristócrata y nadaísta se dibuja en las lágrimas de un recuerdo que narra sus desdichas para despojarse de sí mismo y poder dormir tranquilamente en los vapores del amor y la temperancia. El recuerdo no lo logra, pues su naturaleza es la de volver activamente a los pasados que ya no le pertenecen (nunca le pertenecieron); entonces: la pesadilla, los despertares agitados y el cielo gris del invierno que tiñe incluso las costas primaverales; buenos días, Tristeza.

La novela, en términos generales, es una estructura narrativa que pretende capturar la verdad con la única herramienta que tiene el ser humano para la clarividencia: la creación; esta novela, sin embargo, es la voz de una joven que quiere capturar esa verdad única de la literatura en su propia realidad. Como autora de su universo, Sagan dispone el lugar, los personajes y la trama en una tarima teatral, untando de melodrama cada mínimo cambio que se presenta en la historia y proyectando, inocentemente, una solución infalible a los problemas que la psique ha encontrado en la calma insoportable del agua asentada en la paz. El final es obvio: los personajes son personas.

Sin embargo, encuentro en la simplicidad de su lenguaje un gusto, hasta ahora oculto, por la naturalidad con la que se desarrolla un abismo después de un cambio tan sencillo como inexplicable. Entiendo ahora, con otra gravedad, aquella sentencia existencialista de que estamos condenados a nuestra libertad, arrojados al mundo con la obligación de decidir y ver a nuestras decisiones, ya fuera de nosotros, tomar su propio rumbo de destrucción para obligarnos a tomar de las riendas a las fieras-veleidades del amor (que es solo otro nombre de la libertad) que nuestra propia consciencia ha liberado.

¿qué es aquello amado en Bonjour tirstesse entonces? No es Ana, no es Ramiro, no es Cecilia ni Elsa, tampoco el mar o el futuro, ni siquiera se ama el presente; todo lo que es digno de amor en las páginas de este libro es el pasado, ese astro lejano que vemos iluminar las noches de desesperanza, sexo y silencio; aunque sepamos que ya ha muerto, aunque sepamos que esa luz que nos llega es un susurro lejano de algo que ya no existe. Las páginas de esta novela son entonces una avalancha de la que se huye a trote hacia el refugio solo para llegar al refugio y extrañar la adrenalina de la muerte que tan vivos nos hacía sentir. Solo que acá no hay vida ni muerte; sino libertad, libertinaje y soledad.

“Es curioso cómo la fatalidad escoge, para que la representen, rostros indignos o mediocres. Aquel verano escogió el de Elsa”

En esta novela escogió el de Sagan y, como su rostro es el de la narradora de dieciséis años, vale más decir que escogió su pluma, aunque sea lo mismo. La letra que brotaba libre en el dulce almíbar del jugo de la naranja con un sorbo de negro café se fue convirtiendo lentamente en un hambre feroz de existencia; el espíritu voraz de la rebelión, una vez menguado por la prolijidad de la calma productiva e utilitaria, convirtió en úlcera la sed intelectiva dándole paso a la herejía de crear. Puesta esta disposición especifica y fatal del espíritu queda únicamente la triste contemplación de un mundo que se desarrolla con total naturalidad expulsando así a la autora de su rumbo; entre las olas de la historia queda solo el susurro de una espectadora que, a falta de disposición vital para el mundo que se le presenta, solo puede narrar lo que ocurre y tratar de utilizar su potente arsenal imaginativo para crear una realidad fantástica de la que saldrá bien lograda; pero la realidad es siempre ineluctable y aquello que es una promesa de vida, en la soledad y el rencor, es la chispa adecuada para la catástrofe.

La autora (más exacto es decir su miedo) sabe de esta fatalidad, pero la terquedad de los destellos de genialidad enceguece a cualquiera. ¿Intenta luchar con su pluma y contra sus personajes para evitar el desastre? Sí, pero una vez puestos en palabras de tan esperanzadora nostalgia los personajes adquieren consciencia de sí mismos, fe en su fuerza y deseos propios.

                        “—¿De qué te ríes? ¿Crees que he de ir?

                        …

            —No sé, Elsa, esto depende de ti; no me estés preguntando siempre lo que has de hacer, como si todo dependiera de mí”

Consecuencias inevitables de dar rienda suelta las alas de un fénix en un trigal áspero y seco. Ante el incendio no hay domador que valga ni mar que ahogue las cenizas de aquel capricho de perpetuidad que da el amor. Un nuevo error, humano como todos, remediable por la naturaleza de su génesis: las palabras. Y, sin embargo, insalvable por la misma causa.

Un carro abandona el escenario y se pierde tras un telón de tinta que busca construir un puente con ese mundo que ahora, a fuerza de ausencia, es el pasado; pero ya no hay destinatario, la realidad siempre encuentra su victoria. En un último gesto de romanticismo se navega sobre los sueños, porque no se puede llamar intento a la carta que nunca fue leída, y se destapa el vino para mirar el cielo estrellado en un abismo que aun emana el humo-evidencia de su riesgo. La vida continúa, Sísifo vuelve a tomar su piedra porque no aguanta su liviandad, perdida la esperanza vuelve la vitalidad destructiva del libertinaje; el amor y la soledad son incompatibles. La crudeza de esta verdad se posa suavemente en la ventana del sueño de mañana en mañana, las palabras han vencido, Buenos días, Querida. 

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