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El hombre duplicado - José Saramago

El eterno retorno de Nietzsche —dice Kundera— viene a ser un bache en el andén que a fuerza de tropiezos se hace cada vez más relevante en virtud de su peso, Nadie en su sano juicio llevaría al pie, como una suerte de Prometeo abusado, al golpeteo constante con la irregularidad del terreno, diría la voz del sentido común brindando su siempre inútil consejo. Así es la vida, Claro, pero es que hay que dar un giro narrativo, no se puede andar la vida siempre con los mismos pies, Entonces, vas a hacerlo, dijo en su despedida en aquel ascensor, Sí, soy escritor, respondió Saramago.

Un hombre, que no es un hombre sino una configuración macabra de un narrador todo poderoso y distraído, se encuentra por casualidad con un hombre que es idéntico (con todo el peso de la palabra) a él. Si se usara una formulación lógica se diría que existe un hombre X que es Y y Z y, para todo W que sea igual a Y y Z; entonces sería X. Pero es W, no X. Entonces, las leyes universales se desbaratan en una suerte de castillo de naipes que se ha mantenido en pie por la ilusión de la gravedad hasta que el viento sopla y Newton se suspende en el aire para mostrarle a Da Vinci las hélices y al autor de la novela, la novela.

Al menos aquello que dentro de nuestro escaso lenguaje determinamos como novela, es decir: una historia narrada en prosa, ensayo, poesía o lo que sea que no sea ni prosa, ni ensayo, ni poesía. “El primer novelista fue Homero” dice Tertuliano Máximo Alfonso en la voz de Antonio Claro antes de tomar las armas para ir a matar a Tertuliano Máximo Alfonso, o algo así. En realidad, no sé que acabo de leer.

En cuanto a estructura, palabras, reflexiones y juegos es un libro como cualquier otro; pero la voz de “El hombre duplicado” está fuera de la aburrida comprensión literaria que se le da a cualquier obra escrita. Esto, a mi modo de ver, no es una novela, si no un ensayo o, si se quiere, un monólogo que se le escapó al escritor en una noche de esas que terminan con las copas chorreadas de renglones y el suelo manchado de ideas. Entonces ¿qué es “El hombre duplicado? La voz de un hombre que ve las consecuencias del temor y el egoísmo reflejadas en el espejo de la casualidad.

Me pregunto, justo después de haber pasado la última página, si el temor a la proximidad nos ha llevado a ese mismo cauce en las pantallas y la personificación que en ellas publicamos. El radicalismo de tomar la vida ajena para encontrar, en un acto de venganza, la justicia y la armonía, no es distinto de la ortodoxia con la que entregamos nuestros intentos de filosofía al dar nuestra valiosa opinión en el pozo del anonimato. Entonces el ciclo es uno nada más: el del desprecio por todo lo que nos haga ver como iguales.

Y qué hacemos con la soledad, pregunta el sentido común desde la lejanía del pasillo donde quedó abandonado, Pues se afronta con valor, responde Saramago, dejando la puerta abierta para que aquel que huye sepa que tiene un lugar al cual regresar, Y si terminan odiándose tal y como se odiaron a sí mismos, Pues habrá que tomar el riesgo por la esperanza de que puedan amarse.

Bella reivindicación del temor como virtud amorosa la que dice, Ya has visto la muerte y sus consecuencias, ya has presenciado la fatalidad de tu deshonestidad y tu cobardía, ahora ama como siempre debiste hacerlo. Suena el teléfono y la perturbación que generó X en el pasado ahora la sufre por culpa de un W que dice ser el X que antes era el primero. Un embrollo, definitivamente. El marasmo del que nos hace victimas Saramago se termina resumiendo en una serie de complicaciones tan imbéciles que resultan literarias por lo real de su irracionalidad. Incluso el narrador se configura con el espacio compadeciéndose de sus fichas y moviéndolas en el tablero con la torpeza que ellas mismas le exigen. El Dios que manipula este mundo se dejó olvidada la temperancia en algún perchero al confundirla con el abrigo de alguien más. Es un narrador hipostático que sabe perfectamente hacía dónde se encamina todo, pero prefiere darle vueltas al asunto hasta que el final le arrebate la pluma.

Quizá de esta escritura se desprenda el tono desesperanzado de sus palabras; las reflexiones innecesarias y pesimistas; la preocupación ansiosa de aquel que a falta de vida (o por exceso de ella) ya solo ve una salida. Un Saramago diferente, un Saramago que ya no usa el amor como salvación de una raza, sino como un pequeño refugio en el que dos (o a veces uno) huyen del resto y al final vuelta a empezar.

Lastimosamente la humanidad ya ha visto demasiadas trincheras como para no saber invalidarlas y Saramago lo supo (lo tuvo que saber) porque tanto llanto no puede quedar resumido en tanto silencio sin esa certeza.

Borra estos mensajes madre, toda precaución es poca, dijo Casandra acariciando la cresta de un semental, Yo inventé esa herradura en mis tiempos de poeta, respondió el sentido común, Ya lo he hecho, sentenció finalmente Saramago, y puso el punto final. Olvidaba un detalle, espero se me disculpe, un narrador también es un ser humano; Antonio Claro se parece a mí, no yo a él.

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