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10 de octubre, 2022

Llevo todo el día viendo las publicaciones del "día internacional de la salud mental" y no me puedo sentir más asqueado al ver las pretensiones austeras y pseudofilantropicas de las grandes industrias y los voceros-influencers que pudren el espíritu con sus máscaras de alcance mediatico, dicen ellos, benéfico y humanitario. 
¿Qué es la salud mental? Me he preguntado desde que hace unos años decidí colgarme de un tubo para terminar con tanto absurdo. Aún no encuentro la respuesta. Sin embargo, como todo aquel que quiere vehementemente llegar a la verdad, sé lo que no es. Salud mental no es esa sonrisa pretenciosa de perfección y estabilidad; salud mental no es lo que dijo el departamento de mercadeo de la empresa para la que trabajo: "viaja, lee, rodeate de gente exitosa y descansa (solo de vez en cuando)"; salud mental no es llenar la garganta de psiquiatricos para que el nudo se disuelva en químicos reguladores de humanidad. Y se me reprochará que los estudios respaldan todos estos intentos por tener una sociedad llena de individuos funcionales y yo les responderé que el mundo feliz es, como ya lo denunció Huxley, una distopia hedionda y cruel. También se me preguntará por qué sigo vivo y más aún por qué decido hoy escribir esta verborrea de inconformismos y críticas y responderé con las lágrimas que derramé hoy al ver la salud destrozada de mi madre que tanto le ha entregado a este mundo sin pedir nada a cambio mas que un abrazo y una calurosa congratulación. Mi madre, que me enseñó todas las virtudes de las que es capaz el amor, hoy agoniza cada que respira por unas estructuras misoginas y esclavistas que la han forjado tan "berraca y echada palante, todo un modelo a seguir". Sin embargo, hoy me preguntaba entre lágrimas a qué tanta lucha si al final no puede disfrutar ni siquiera de los frutos de su sudor, si esta realidad desalmada le ha quitado toda la vitalidad y ahora le reclama hasta sus suspiros para perpetuar aquello que ha de olvidarla para asesinar a los que vienen detrás. Yo no quiero seguir ese modelo y nadie debería desearlo, pero "es lo que hay y toca vivir con eso". Recuerdo ahora una confusión que casi me cuesta el respeto de mis jefes en la oficina: "Andrés me respondió con sarcasmo y alevosía cuando le pedí un favor" dijo un jefe a mi jefe directa; cuando hablé con él me confesó lo siguiente: "lo que pasa es que cuando hablas sonríes y parece que te burlaras de los demás" ¡Desde cuándo la sonrisa ha sido desvirtuada de su plenitud para convertirse en un signo de alarma para aquel que la recibe! Terrible es el estrés que manejan estos "dirigentes" que creen que la felicidad es un síntoma de subversión. 
Mirando esta situación desde la distancia del tiempo creo que tal vez sí pueda ser la sonrisa un acto revolucionario para aquellos que buscan perpetuar la rentabilidad de sus empresas por el mero goce de ver el flujo financiero en sus cuentas, aunque al final del día no tengan nada más que su misera soledad arropada en cuadros de Excel y decisiones estadísticas que dan siempre la misma respuesta: explotar al máximo todo recurso humano para hacer crecer el negocio y garantizar que nadie tenga la energía necesaria para perseguir sus sueños porque un empleado que sueña es un riesgo de renuncia. 
Sobra decir que de esos seres, encadenados como yo a un salario, he visto brotar los más dolorosos lamentos por un egoísmo industrial y burocrático que no merece ni siquiera una descripción por parte de mi lenguaje. Hace unos días, por no ir más lejos en las evidencias, encontré por casualidad una anotación hecha sobre el nombre de una empleada, subrayado en rojo en signo de posible despido, que decía: "mental health". Bastaron esas dos palabras para entender que por el simple hecho de no tener la vida encaminada a sus propósitos empresariales, es decir, por tener, como todos, unas preocupaciones humanas de las que hacerse cargo antes de entregar su productividad al sistema, era una manzana podrida que había que sacar del cesto. Como este acto he visto una infinidad que soy incapaz de plasmar en este texto, no por falta de palabras o memoria, sino por un dolor que supera cualquier umbral humano. Por esto y por todo aquello que no digo, pero que todos escuchamos y vemos a diario, hoy les digo a sus publicaciones y "responsabilidades sociales" que pueden ir a ahogarse en la mierda y los desechos que le han entregado al mundo y sus habitantes.
No somos una materia prima que sirva a los caprichos del dólar y el mercado, que esto quede claro; tampoco somos un producto para exhibir en los escaparates de las redes sociales; somos humanos y, antes que eso, somos animales. Como animales sufrimos y chillamos ante los dolores que nos aquejan y no hay ningún desprestigio en esto. Mi invitación es al llanto, a dejar de lado esta prostitución de la felicidad que han construido las grandes multinacionales y sus poderosos departamentos de publicidad y mercadeo; mi invitación es sencillamente a quitarnos el velo de la armadura que nos fue puesta para ignorar el peso de los grilletes que, "libremente", escogemos. 
Repito, usando un diálogo que todos deberían conocer: 
—¿qué haces con ese dolor?
—Lloras...lloras...
Erróneamente se nos enseñó que los problemas mentales se solucionan "ocupando la cabeza", que cuando la vida nos tumba "te levantas y luchas porque así nos tocó a todos", que si no puedes "tomas este medicamento cada ocho horas y sigues adelante". La única revolución que siempre ha importado es la revolución espiritual, pero desde Buda hasta los ancestrales indigenas, pasando por los hippies y Jesucristo, los libros de historia se han encargado de documentar las grandes revoluciones industriales y de simplemente mencionar las enseñanzas del amor como un fenómeno social de tiempos de antaño, "la gran mano invisible" contra las ideas de vagos y locos. 
Escribo esto llorando, porque sé que tal vez no será leído; escribo esto exigiendo que se incluya en la declaración de los derechos humanos el derecho a la verdadera salud mental; escribo esto con la fe puesta en que los psicólogos, "expertos de la salud mental", tomen en serio su trabajo porque es uno de los pilares de la sociedad que hace tiempo debimos construir.
Tal vez debería convocar a los grandes líderes sociales a una gran marcha que inunde las calles con el llanto que tanto hemos apresado con el único propósito de que se cree el ministerio del amor (no el de Orwell) o, en su defecto, de la salud mental. 
Escribo esto llorando, porque soy humano y como humano exijo desde mi hacer y también exijo desde mi no hacer. Creo, siguiendo a Saramago, que esto debería ser incluído en esa carta, aun sin redactar, de la declaración universal de los deberes humanos y que deberá empezar de la siguiente manera: todo ser humano debe llorar cuando su corazón se lo exija y escupir su ira, en busca de la libertad, contra todo mecanismo, legal o ilícito, que lo prive de su derecho a ser lo que es: un animal sensible y creador de belleza y amor.
Sin nada más que decir: feliz día mundial de la salud mental.

Comentarios

  1. Yo me pregunto tambien que es la vida que destino tiene para que estamos aca, que funcion desempeñamos y obvio tambien entiendo el mundo que nos rodea el sistema casi que inmerso en nuestro diario vivir que para salir de este resulta imposible, al ver tu escrito me cabe la duda de porque dejar a otros solucionar el problema que nosotros queremos responder? por que dejar a otros que investigen la mente y no ser uno mismo quien lo logre..... nose si me este dando a enteder pero va a esto " escribo esto con la fe puesta en que los psicólogos, "expertos de la salud mental", tomen en serio su trabajo porque es uno de los pilares de la sociedad que hace tiempo debimos construir." y empezamos a darle solucion a esos problemas que identificamos como individuos en este mundo por que dejarselo a otros y no ser uno mismo pionero de este bache que nos presenta la vida, en nuestra experiencia humana y volverse uno esta ves sin comillas un experto en la salud mental.

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