La primera vez que escuché sobre Manuel fue en una nota que una de mis maestras había dejado en mi bitácora después de leer los apuntes de un semestre ya lejano. “la propuesta de Puig trabaja con aquello que te preocupa”, decía el final. Pasaron dos años largos, casi tres, para llegar a las letras que me fueron recomendadas; hoy, encerrado en una selva de panteras, zombies, políticos e insectos escribo esto sabiéndome, más que en la selva, en El beso de la mujer araña.
Dos hombres se conocen en una celda y empiezan a
hablar, generan rutinas, cuidados, cariño y respeto. Dos hombres encerrados en
una celda se resisten a ser humanos y se hacen daño. Dos hombres aprenden a
escucharse y a revelarse ante el otro como lo que son: dos hombres que
cometieron errores y quieren enmendarlos. Pero, se preguntará: ¿y la mujer?
La mujer es la pantera que asesina por temor, la mujer
es la negra que defiende a los blancos del brujo y sus zombies, la mujer es la
que consigue el alimento para el enfermo y la mujer es el enfermo que come el
alimento, la mujer es aquella que el hombre abandonó por un ideal superior a él
y la mujer es el hombre que abandona su amor por el amor a la libertad, la
mujer es Marcuse explicándole a Freud cómo funciona su complejo de Edipo, la
mujer es O. Brown explicándole a Marcuse porque el complejo de Edipo de Freud
es así y no asá, la mujer es el periodista borracho que no logra amar y termina
naufragando en la desdicha de ver a la mujer que ama degradándose a la categoría
de objeto por amor a la mujer que ama. ¿y el beso?
El beso es ese suave murmullo de la mujer cuando
muerde, de la mujer cuando libera a los esclavos, de la mujer que libera a los
zombies de su mirada blanca y consumista para revelar su verdadero rostro: el
del completo despojo de la voluntad, el de la esclavitud. El beso es esa
aspereza revolucionaria de renunciar a la libertad para ejecutar el acto de
amar, el beso es la muerte que se asoma a la reja de una penitenciaria cada
noche y se aleja al ver que ya hay un beso habitando allí: el del cuidado, el
de la comunión. El beso es entonces negro, porque con malestares de estomago
las sabanas brindadas no pueden tomar otro color, porque mientras se pide
puerta la tripa no alcanza y queda el bochorno hasta que lo despoja el cuidado
y el beso se calienta con el agua para limpiar los desastres de la enfermedad.
El beso es también rojo, revolucionario y sangriento; verde, esperanzador;
militar, uniformado; traicionero, completamente puro. ¿y la araña?
La araña excita al lector, lo acaricia y se pasea por
sus ideas como coqueteando a las neuronas con sus paticas que son igual de enredadas
a los pensamientos; la araña piensa qué contar y cómo cuidar; la araña se pasa
de la pagina ciento veintisiete a la ciento treinta y dos mientras uno está en
la doscientos porque algo quedó olvidado en el nudo anterior; la araña teje su
trampa vistiéndose de película, de academia, de confesión, de autor, de
personaje, de persona; la araña se distancia cuando uno se acerca a ella,
porque es frágil y teme morir, pero ataca con sus envolturas ante la más mínima
perturbación en su hogar; la araña prepara sus mentiras para salvar la verdad;
la araña sale de su telaraña y se convierte en libro; la araña vive ahora en
una biblioteca, pero no vive, porque es araña y ya ha besado a quien tenía que
besar; la araña existe, pero nada más.
—Hablás muy enredado, Valentín
—Perdóname Molinita, es que no sé dónde tengo la
cabeza…ay…debe ser por culpa de este mareo…uy cómo duele
—Vení, recostate y descansá, déjame pongo un té de manzanilla
para que te mejores
—No, no, son tus provisiones
—No seas sonso…
—Gracias, Molinita, eres muy bueno conmigo
—Calla, toma este té y descansa, mañana te termino la
película.
—…
—…
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