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Por mil doscientos pesos un corazón

Puede parecer en esencia muy sencillo: tomar el frágil cuerpecito con pulgar, índice y medio; pero ni siquiera en esto hay un acuerdo damas y caballeros ¡es más! Yo mismo he visto a sus pequeñas criaturas morder sin piedad sus puntas, como si quisieran hacer con sus dientecitos una excavación para descubrir qué es lo que hay adentro de este artefacto. Como les decía: nada sencillo.

¡Primero! Damas y caballeros, debe entenderse el principio básico. Desde las pinturas rupestres hasta esto que llamamos esfero, la humanidad se ha dedicado a dejar un rastro y un rastro es una huella y una huella, damas y caballeros, no es más que el producto de una pisada. ¿Si el pie de la señoritaaa ¡Juliana! ¿Si el pie de la señorita Juliana pisa el pasto mientras huye de un ladrón va a ser igual a que si camina con su pareja… ¡Ha?–Hansel! ¡Pues no, claro que no!

¡Segundo! Damas y caballeros, debe saberse el precio: mil doscientos pesos. ¿los hay más elegantes? Claro que sí. Pero ninguno de los que les vendan esos lujos va a explicarles lo que yo les vine a contar.

El secreto está en la presión, pero no en qué tan fuerte se aprieta, debe hacerse la aclaración damas y caballeros. Para escribir las famosas palabras “te amo” se debe aligerar la mano como cuando se acaricia a la persona amada: con precisión y cuidado. Para escribir, damas y caballeros, la palabraaaaa digamoooooss ¡tilde! debe uno ponerse sombrero y sobretodo, como si fuera uno a una cena con el mismísimo Don Jorge Luis Borges. Así la muñeca se va acostumbrando a que si va a deciiir “nalgada” tiene que moverse como un látigo que deja siempre marca y ahí por ese camino va a tener que preguntarse si sentir excitación, ira, o un profundo amor de madre.

Con ayuda del codo, damas y caballeros, se empiezan a construir las frases, el contexto y todas esas cosas que le enseñan a uno cuando está en el colegio. Es el mismo principio, pero no igual al anterior. Con el codo bien apoyado se pueden escribir cosas como “es un honor recibir esta invitación de su parte” mientras que con el codo puesto sobre la pared se escribe un número de teléfono y una dirección. Si se tienen comodidades el codo puede incluso a llegar a un buen sofá y escribir: “las pléyades quieren huir de su bóveda para verte de cerca”.

Luego, querido público, siguen los hombros de párrafos tensionantes y los de argumentos bien formados; los pies que se encaraman a cualquier cosa cercana cuando se está llegando al clímax y los que se desparraman con las piernas cuando se termina un día demasiado largo; la pelvis de páginas húmedas y la de terribles accidentes de tráfico; y qué decir de los dedos de la otra mano que estrujan con frustración cuando su gemela escribe: “me sostengo por un hilo que anhelo cortar”.

Al final, damas y caballeros, siempre se llega al mismo lugar: se empieza a escribir sin aire a veces y otras con el fogaje de un potro; se empieza a palpitar con más calma en la penumbra y con un ritmo taquicárdico en las crisis ansiosas; se empieza a sangrar luego por una guerra y a pensar en las cumbres y los abismos sin ninguna distinción.

Esto es lo que les ofrezco, damas y caballeros, por nada más mil doscientos pesos, un corazón. Y no se preocupen, damas y caballeros, que el secreto que les dejé aplica para todo lo que se puede hacer con estos esferos y sus familiares y predecesores. En dibujo se empieza por una línea, luego los contornos, las sombras, el contraste, etc. Lo mismo la pintura, la escultura, la música y bueno… ¡No les quito más de su tiempo! ¿Quién dijo yo!

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