Me encuentro en la 71ª No. 14-45, abajito de la Caracas con setenta y dos, frente a dos cocinas ocultas y un mural de Graffiti que contrasta con los repartidores que van y vienen, a veces esquivando recicladores y yerbateros, otras dejando pasar a uno que otro bus que pasa por la calle. Es la entrada de una casa que bien podría ser casa de partido político, pero que, en realidad, es todo lo contrario. Entre una ventana que sostiene torcido al letrerito verde de la dirección y una pared rodeada de firmas rojas y negras, se lee, por si quedaba alguna duda Dmental Graffiti Shop. Es la segunda vez que estoy acá, la primera fue hace un par de semanas cuando llegué, casi por casualidad, al Circuito Hibrido Vol. 1 2023 de Amen Gallery, la casa hermana (siamesa, en realidad) de la tienda.
El circuito consistió en una serie de talleres de distintas áreas artísticas: lettering, fotografía, producción musical, narrativa y, por supuesto, Graffiti. Al final de cada taller se llegó a un producto final que, entre otras cosas, una vez vistas todas en conjunto, rodeado de los alcances de lo comunitario y lo colectivo, me ha conmovido al punto de sentarme a hacer un reportaje tan fiel como la memoria y el breve registro de fotos que tengo en mi celular me permitan.
Ya dentro de la tienda lleno dos listas de asistencia prestando más atención a las paredes llenas de latas que a la información que pide el formulario. Listo el protocolo, entro al lugar y veo al fondo. A la izquierda de las mesas que más tarde habrán de llenarse con pinchitos fríos y vino, dos cajas transparentes resguardan dos cassettes firmados por Ruzto; rapero, productor y uno de los maestros que aportaron su conocimiento y su amor al arte en las clases del circuito. Al frente, una frase de Kandinsky: “toda obra de arte es hija de su tiempo, y con frecuencia…madre de nuestros sentimientos”, el inicio de Sobre lo espiritual en el arte, para dejar claro, quizá, que no hay dentro de las paredes de esa galería, nada que haya podido ser de otro modo.
La primera sala es un cuarto al lado de los baños que pecaría de rincón si no fuera por las obras que decoran sus paredes y el poster gigante de negro sobre negro que muestra y rememora los arrosoles de Amen. Me impresionan, de entrada, dos cosas: la primera es el nivel de detalle de las piezas; un Scarface, con su famosa sonrisa de tabaco, apoyando la mano sobre un Graffiti que tapa parcialmente un convertible clásico; una explosión de buena vibra rompiendo la pared para sostener frente a mis ojos su mensaje: “Sos un sol”; etc. La segunda, es la transparencia con la que todo se va asimilando en los asistentes. Me doy cuenta de esto al notarme cabecear lentamente bajo la influencia de un ritmo conocido, se trata de Friburgo de Brisgovia de Bopscat, un beat del álbum recopilatorio Beats de Colombia, la banda sonora que acompaña la visita con las joyas de Soul AM, Luku, Alka Produce y los demás artistas que hicieron posible ese proyecto hace tres años.
Todo el ambiente es tan ameno que basta la mirada para comprender las intuiciones que están detrás de cada pieza, los pequeños temblores de incertidumbre y la mano firme que extienden quienes promueven el arte para decir lo que debe decirse y escuchar lo que debe escucharse. Todo está dispuesto para pasear, como se pasea a través de la ciudad, entre mentes con toda clase de sufrimientos y personas de genios excepcionales que les duele lo mismo que a todos: sentir dolor. En el segundo piso, apenas se termina la esclera, hay pinturas hechas con aerosol y con acrílico (u óleo, no recuerdo muy bien). La primera que veo se llama B-boy maker y muestra una quimera entre pipa y humano bailando con el mismo humor con que su creador la pintó; al otro costado completamente, un hombre de gorra azul con naranja impide decidir si esta está o no ladeada, pues el cráneo lo componen tres rostros perfectamente distribuidos, independientes y sincréticos. Uno esperaría que la pieza se llamara tripolar o algo por el estilo, pero se titula, sencillamente, Tres caras. Una vez más: transparencia.
En ese mismo espacio, en la pared que termina el cuarto (pues al frente está la última sala y al otro costado la continuación de la escalera) están los resultados del taller de lettering. Allí contrastan el “cretino” de estética hippie con el “Respect the G code” con una estética de…bueno…Respect the G code; y, al fondo, al lado de la esquina, un “Antonia” con cortes que simulan el paso de un palillo sobre la tinta fresca de alguna imprenta antigua, de esas de letras góticas y extravagantes titulares. Esta última, por alguna razón, me sostiene la mirada durante un buen tiempo y me hace olvidar el motivo principal de mi visita: la sala de fotografía.
Hace dos semanas, en esa misma sala, veía a la profesora luchar con el cable del proyector y su propia timidez para explicarnos, en medio de intermitencias, qué significaban palabras como obturador, exposición, punto de fuga y demás cosas necesarias para entender la teoría “mecánica” de la fotografía, lo que cualquier manual o video tutorial de YouTube podría explicar; pero, además, mostrándonos lo que ninguno de esos dos podría de ninguna manera: una pasión voraz y retadora que trataba de acomodarse a las limitaciones del tiempo. En esa misma sala, hace dos semanas, aprendía a tomar una foto, pero más importante aún, aprendía lo que significa la palabra "fotografía".
Diez fotos cuelgan de las paredes como testimonio de la cultura urbana que adorna y es, a su vez, génesis de ese lugar que hoy ornamenta; pero, también como prueba de que lo que se entrega edifica más que aquello que se resguarda con recelo.
Entre las fotos seleccionadas se encuentra (lo confieso con orgullo tímido) una foto de mi autoría, por aquello de que oprimí el botón y acomodé el lente; pero de Juana, la profesora y de la galería y de los que pintaron los murales que fotografiamos, pues sin nada de eso yo nunca habría oprimido el botón ni acomodado el lente. Lo mismo que lo es de los autores del resto de fotos que, lejos de la mía, demuestran experiencia y talento.
Una doble exposición brilla en una esquina con su autora y su grupo de amigas, en la foto un rostro juega con una máscara que está detrás en el mural azul que contrasta con el blanco y negro del hombre viejo que mira a quién sabe dónde…seguro al mismo lugar que mira el rostro que esconde sus ojos tras el dorado de su careta. A unos pocos pasos a la derecha, la foto de nuestra profesora muestra dos hombres: uno desenfocado pintando una pared, el otro sentado al lado de un costal fumando con el rostro tras la visera de su gorra; ambos en la calle, ambos diciendo con su cuerpo que han sobrevivido y van a seguir. El de gorra, aa ahora que lo pienso, podría ser incluso el reciclador de la foto que arrastra su carreta frente al mural que mira a la entrada de la tienda, la que está en medio de las otras dos que se adueñaron de este párrafo, aunque las tres hayan decidido dejarme olvidar sus títulos.
Así se termina mi visita.
Vuelvo lentamente sobre mis pasos pensando en todo lo maravilloso de este lugar. En la puerta principal, en la mesa quedan aún algunos pinchitos y el encargado abre otra botella de vino, mientras los asistentes miran los precios de la nevera de Coca-Cola. Hay gente de todas clases, los familiares y amigos hablan como entrevistados frente a una cámara y yo no puedo creer que haya visto lo que acabo de ver.
Me acerco a Juana y le agradezco por todo, hablo por un momento con ella y con su cámara y la dejo tranquila, pues sé que está trabajando. Se despide de la misma manera en que se despiden los demás encargados del lugar: con buena energía y una sonrisa de agradecimiento.
Me voy de allí pensando en las primeras veces que escuché rap en el cuarto de mi hermano pocas semanas antes de que lo echaran de la casa la primera vez; me voy pensando en cómo escuchaba Efectos Vocales, I Can, Falsedades, Querido enemigo, Antagonismo y tantas otras, tan solo para entender por qué mi hermano ya no estaba en casa. Nunca pude comprenderlo, por supuesto, pero, inevitablemente, terminé aprendiendo a escuchar, a cultivar el respeto y la mente, a ser leal y pararme siempre, aunque toque duro.
Me voy de allí pensando en cómo esta cultura, la del Hip Hop, abre todos los caminos que la mediocridad cierra.
En mi caso, por suerte, una cosa llevó a la otra y de esas primeras preguntas terminé llegando, después de varios años, a las puertas de un lugar en la 71ª No. 14-45 que hoy me permite devolverle, en una proporción sumamente diminuta, un testimonio de sus alcances,un granito de arena, como dicen las mamás, para que su voz, la que tanto me ha enseñado, no muera y más bien siga guiando.
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